SALUD INTEGRATIVA    NATURAL     MENTE-CUERPO

Diez gramos de prevención, equivalen a un kilogramo de curación. (Lao Tse)

 

 

 

OMEGA-3

 

 

LA SALUD INMEDIATA

 

 

Dar la vuelta a las enfermedades

 

PRIMERA PARTE

 

ÍNDICE

 

INTRODUCCIÓN

¿A quien interesa este libro?

PRIMERA PARTE: LOS OMEGA-3

Los Omega-3 y su importancia en nuestro organismo

Conociendo los ácidos grasos y los Omega

Omega-3 en la alimentación, y el problema de la contaminación

Propiedades de los ácidos grasos Omega 6 y 3

El desequilibrio entre Omega-6 y Omega-3, y sus graves consecuencias

Los Omega-3 en enfermedades físicas

Los Omega-3 en los trastornos cardiovasculares

En colitis ulcerosas, enfermedad de Crohn

En artritis reumatoide

En el asma y bronquitis asmática

En el cáncer

En la diabetes tipo 2

En retinopatías, degeneración macular

En la esteatosis hepática no alcohólica, hepatitis C

En la dermatitis, psoriasis

Los Omega-3 en trastornos mentales y emocionales

En la depresión

En el trastorno bipolar

En el trastorno límite de la personalidad: Borderline

En la esquizofrenia

En la dislexia

En el síndrome por déficit de atención

En la anorexia nerviosa

En el Alzheimer y demencias

En la enfermedad de Huntington

En el comportamiento agresivo y antisocial

En el síndrome de fatiga crónica

 

INTRODUCCIÓN

¿A quien interesa este libro?

       • A quienes no creen en la medicina natural, pero sufren o han sufrido asma, alergia, eccema, psoriasis, inflamación intestinal, colitis ulcerosa, enfermedad de Crohn, colon irritable, artritis reumatoide, arteriosclerosis, obesidad, infarto, diabetes tipo 2, retinopatía, esteatosis hepática no alcohólica, cáncer, depresión, esquizofrenia, déficit de atención, anorexia nerviosa, trastorno de la personalidad, demencia, fatiga crónica… Porque les permitirá descubrir que los Omega-3 son unos nutrientes naturales con un extraordinario poder, comprobado mediante numerosas investigaciones científicas, que les pueden ayudar a mejorar sus problemas, pudiendo combinarlos en caso necesario, con su medicación habitual, si la toman.

       • A quienes creen en la medicina natural, pero no conocen suficientemente los Omega-3, o aún no los utilizan ni los consumen habitualmente. Porque comprobarán que se están perdiendo un inmenso caudal de beneficios para su propia salud, y la de sus seres queridos y amigos.

       • A quienes creen en la medicina natural, y buscan nuevos conocimientos para reafirmarla como camino a seguir en el mantenimiento de la salud. Porque les permitirá ampliar sus conocimientos prácticos y conceptuales sobre salud y enfermedad, nutrición, naturopatía, psicología y bioenergética.

       • A quienes buscan respuestas lógicas a fenómenos de la salud y la enfermedad que están insuficientemente explicados, y sientan curiosidad o interés por iniciarse en el camino de la salud natural.

       • Interesará además a todos y cada uno de ellos, porque muy pocas veces se van a encontrar con algo que siendo tan elemental, pueda llegar a tener consecuencias tan sumamente extraordinarias y beneficiosas para su salud. Máximo beneficio, con el mínimo esfuerzo.     

Efectivamente, aunque el poder de los Omega-3 pueda parecer increíble, se trata de unas propiedades naturales demostradas científicamente. Ocurre sin embargo, que estas propiedades y su uso práctico no están suficientemente divulgados, debido a que el interés y expectación que provoca “una simple grasa”, lógicamente no puede compararse a la que puede generar un medicamento revolucionario de última generación. Sin embargo, como podrán comprobar los lectores en las siguientes páginas, los Omega-3 son capaces de propiciar unos resultados tan beneficiosos para la salud, que pueden incluso ser superiores al de muchos fármacos. Y por si fuera poco, sin efectos secundarios.Siendo esto así, ¿podemos desdeñar estas beneficiosas propiedades, cuando el destino nos obliga a contemplar con rabia e impotencia cómo nuestros padres, hermanos, hijos, amigos o quizás nosotros mismos, padecemos graves enfermedades y sufrimientos, y que en demasiadas ocasiones terminan en fallecimiento cuando aún quedaba mucho por vivir?

       Se puede justificar el “pasotismo” oficial respecto a los productos naturales desde una perspectiva comercial o industrial, pero nunca desde la sensibilidad y dignidad humana. Por eso, aunque los Omega-3 sean unos humildes aceites, no podemos ni debemos seguir ignorándolos, ni seguir menospreciando el conocimiento científico acumulado sobre ellos, así como tampoco, seguir haciendo caso omiso a los consejos y recomendaciones que nos dan los expertos e investigadores que los han estudiado. Esta humilde y sencilla grasa, en realidad este aceite maravilloso, nos puede salvar la vida. ¡Así de claro!

       La primera parte del libro realiza un breve recorrido, que permite conocer y comprender fácilmente la importancia para la salud y la enfermedad que tienen los Omega-3. La información está basada en las investigaciones científicas que se han llevado a cabo en los últimos decenios en todo el mundo, pero expuesta de forma sencilla, con el fin de que los lectores puedan entender bien las consecuencias prácticas para su salud, que se derivan de estos conocimientos habitualmente reservados a los especialistas.

       No obstante, hay que precisar que la muestra de estudios aportados no es completa ni exhaustiva, pero sí que es lo suficientemente ilustrativa y razonada, como para que su contenido ayude a ver y entender con claridad meridiana, que estamos hablando de un recurso natural contrastado científicamente, capaz de mejorar nuestra salud de una forma natural e inmediata, ya que no hay prácticamente ningún fármaco que tenga tal cantidad de estudios científicos realizados que avalen sus amplísimos beneficios, y al mismo tiempo, sin tener prácticamente ningún efecto secundario negativo, como es el caso de los extraordinarios Omega-3.

       Los conocimientos de que disponemos actualmente sobre los Omega-3, son más que suficientes como para pasar a la acción sin más demora de tiempo, y conseguir de esta forma, una mejora importantísima para nuestra salud. Sin menoscabo, por supuesto, de que se siga avanzando en su conocimiento mediante futuras investigaciones.

       Los lectores podrán comprender fácilmente, por qué enfermedades tan distintas entre si, tratadas por especialistas y fármacos diferentes, como pueden ser por ejemplo la artritis, el asma o el cáncer, tienen un nexo en común, en el que los Omega-3 tienen mucho por decir y decidir. Les aconsejamos que presten mucha atención a esto.

       La segunda parte del libro, trata sobre la salud y la enfermedad desde una perspectiva natural y holística, permitiendo a los lectores realizar una reevaluación de estos conceptos y de sus consecuencias prácticas, de tal forma, que les facilita un mejor conocimiento de su propia salud, así como la posibilidad de empezar a darle la vuelta a algunos de los principales trastornos y enfermedades actuales.

       La lectura de esta obra en su totalidad, incentiva el análisis y la reflexión, especialmente cuando se comprueba que la salud y algunas enfermedades, no siempre son lo que nos habían dicho que son, o simplemente, no son todo lo que parecían ser. En ocasiones, las cosas son mucho más sencillas de lo que creemos. Este análisis crítico puede permitir a los lectores, saber cómo actuar más armónicamente con las leyes naturales que rigen nuestro organismo, y al mismo tiempo, convertirse en agentes activos de su propia salud, tanto física como mental.

       Cuando el remedio parte de uno mismo, fruto de la reflexión y del sentido común, de la inteligencia que tenemos pero que a veces infrautilizamos o desperdiciamos. De saber escuchar a nuestro propio cuerpo cuando éste se queja y nos manda señales o mensajes. Del esfuerzo por comprender mejor el significado de las enfermedades y sus síntomas. De saber diferenciar las causas de los efectos. Del esfuerzo de mejorar los hábitos de salud, y por supuesto, de dejar de hacer lo que en muchísimas ocasiones está provocando la enfermedad. Cuando se cumplen estas condiciones, estamos en condiciones de poder cambiar positivamente el sentido de la salud, tanto la propia, como la de quienes nos rodean, y a quienes amamos.

       Queridos lectores, la salud no es un milagro. La vida sí lo es. Entendiendo y respetando la salud, comprenderemos y gozaremos mejor del milagro de la vida.

 

José María Guillén Lladó

 

PRIMERA PARTE: LOS OMEGA-3

 

Los Omega-3 y su importancia en nuestro organismo

       Para comprender mejor a los Omega-3 y su importancia real para nuestro organismo, es conveniente conocer, aunque sólo sea superficialmente, sus características y funciones básicas. La información que se resume a continuación, permitirá a los lectores, situarse en el contexto adecuado para entender y aprovechar más eficientemente las explicaciones de este libro.

 

Conociendo los ácidos grasos y los Omega

       Conjuntamente con las proteínas y lo hidratos de carbono, los lípidos –a los que habitualmente se les llama grasas-, son los tres nutrientes principales que obtenemos de nuestra alimentación. Estos lípidos o grasas, técnicamente suelen dividirse en saponificables o insaponificables, dependiendo de si poseen o no, ácidos grasos en su composición. Pues bien, estos ácidos grasos, debido a su naturaleza lipídica, son utilizados mayormente por nuestro organismo para obtener energía, pero además, son vitales en procesos metabólicos y celulares importantísimos.

       Estos ácidos grasos, que son absorbidos en el intestino, se clasifican principalmente en saturados -que suelen ser sólidos a temperatura ambiente si su cadena de átomos es larga-, o insaturados -que suelen ser líquidos a temperatura ambiente-. Los insaturados a su vez, pueden ser monoinsaturados y poliinsaturados, en función de si tienen uno o varios átomos de carbono insaturado.

       Los ácidos grasos saturados se encuentran principalmente en las grasas de los animales, mientras que los monoinsaturados, son los aceites que se encuentran principalmente en el reino vegetal, siendo el de oliva, uno de sus mejores representantes.

       Los ácidos grasos poliinsaturados por su parte, que serán los que centrarán nuestro máximo interés a partir de ahora, son considerados nutrientes esenciales por el hecho de que el organismo no puede sintetizarlos, y por lo tanto, resulta “esencial” ingerirlos mediante la alimentación. Entre los ácidos grasos esenciales poliinsaturados, se encuentran el ácido linoléico, llamado también Omega-6, y el ácido linolénico, llamado también Omega-3.

       En el grupo de los Omega-6 destacan por su importancia, el ácido gamma-linolénico, que se escribe abreviadamente “GLA”, y el ácido araquidónico, abreviado como “AA”. Se encuentran mayormente en las semillas y aceite de girasol, cártamo, onagra, soja, sésamo, maíz, nueces, cacahuetes, etc. También hay carnes que tienen un alto contenido de ácido araquidónico, especialmente en carnes grasas del cerdo, y en aquellos animales que han sido alimentados con piensos y semillas ricas en Omega-6 –que suelen ser la mayoría de animales alimentados intensivamente-. Asimismo, lo podemos encontrar en los ingredientes de muchos productos elaborados industrialmente, especialmente en margarinas.

       Por su parte, en el grupo de los Omega-3, destacan el ácido eicosapentaenoico, que se escribe abreviadamente “EPA”, y el ácido docosahexaenoico, que abreviado se conoce como “DHA”, los cuales se encuentran de forma más abundante en los pescados azules como el arenque, sardina, caballa, atún, bonito, salmón, algunos crustáceos, aceite de linaza, soja, colza y nueces, entre otros.

       Veámoslos esquemáticamente en un cuadro, para poder recordarlos más fácilmente: 

 

CUADRO DE LOS PRINCIPALES ÁCIDOS GRASOS POLIINSATURADOS OMEGA

Omega-6 -Ácido linoléico-

Omega-3 -Ácido linolénico-

GLA -Ácido gamma-linolénico-

ALA -Ácido alfa-linolénico-

AA -Ácido araquidónico-

EPA -Ácido eicosapentaenoico-

 

DHA -Ácido docosahexaenoico-

 

 

NOTA IMPORTANTE

      A partir de este momento, y con la finalidad de facilitar al máximo la lectura, utilizaremos solamente las siglas abreviadas para distinguir los ácidos grasos poliinsaturados esenciales.

       Los lectores encontrarán también en algunas de las investigaciones que se citan, las siglas E-EPA. Se trata del “etilo-eicosanpentaenoico”, que es un EPA  que ha sido esterificado con tal de aumentar su capacidad lipofílica, es decir, su capacidad de absorción, atravesando mejor la membrana hemato-encefálica. También existe el E-DHA, aunque es menos utilizado. El E-EPA está libre de colesterol, triglicéridos, ácidos grasos “trans” y contaminantes, con un color pálido, gusto y olor suaves. Es un complemento alimenticio que se puede encontrar en herbolarios, dietéticas y farmacias, y al que no se le conocen efectos secundarios después de estar investigándose y utilizándose desde los años 80, evidenciando ser totalmente seguro para el uso continuo a largo plazo, características que propician que sea utilizado por muchos equipos investigadores para realizar sus estudios y tratamientos.

 

Omega-3 -Ácido linolénico-

     -etilo-eicosapentaenoico-  E-EPA

 

Omega-3 en la alimentación, y el problema de la contaminación

       Se ha verificado mediante diferentes estudios científicos y epidemiológicos, que la dieta humana debería incluir una ingesta regular de pescado con suficiente Omega-3, para mantener un estado de salud óptimo. Sin embargo, existen numerosos factores sociales, culturales o económicos, que en muchas ocasiones lo dificultan, dándose entonces las circunstancias propicias, para la aparición gradual de condiciones que desembocarán en enfermedades de distinta gravedad, tal como los lectores podrán comprobar más adelante. 

       Existen libros muy interesantes en el mercado, que aportan numerosos y buenos ejemplos de menús ricos en Omega-3. Por ese motivo, he optado por no incluir menús en esta obra, pues he preferido concentrar los recursos y el espacio, en explicar y divulgar las extraordinarias propiedades de estos nutrientes como agentes de salud, tanto para la prevención, como para la mejora y el tratamiento de un buen número de trastornos y enfermedades.

       Pero por desgracia, existe un grave problema que debemos tener muy presente, que es la contaminación de los mares. Debido a esta circunstancia, las grasas de algunos peces pueden contener cantidades importantes de productos químicos tóxicos, entre los que se encuentran el bifenilo policlorinado, metales como el mercurio, o contaminantes como la dioxina. Este gravísimo inconveniente implica, la necesidad de extremar las precauciones en caso de realizar un elevado consumo de pescado en según qué zonas del planeta, y según qué tipo de pescado. La contaminación planetaria y el cambio climático, constituyen unos problemas de tan extrema gravedad, que todos los gobiernos y la sociedad en general, deberían actuar al unísono, de forma decidida, contundente, solidaria e inmediata, porque nos estamos acercando a  un punto sin retorno, en el que peligra la vida sobre la Tierra, condenando irremediablemente a nuestros descendientes más próximos.

       El problema de la contaminación, además de la posibilidad de afectar tóxicamente al consumidor directo de pescado, también puede llegar a ser peligroso cuando se toman suplementos de Omega-3 en cápsulas si no se toman precauciones. Por ello, es aconsejable que estos productos hayan sido sometidos a unos procesos de refinado o destilación muy eficientes, de tal forma que se asegure la absoluta eliminación de sustancias tóxicas, y se obtenga un producto de una alta pureza y concentración.

 

Propiedades de los ácidos grasos poliinsaturados esenciales Omega 6 y 3

       Los Omega 6 y 3, son componentes básicos y fundamentales de las membranas celulares, determinan su fluidez y flexibilidad, e intervienen entre otras funciones, en la modulación de la neurotransmisión, en la formación de algunas hormonas, en el correcto funcionamiento del sistema inmunitario, en la correcta formación de la retina o en el funcionamiento de las neuronas.

       Una característica de ambos Omegas, es que son precursores de eicosanoides, unas sustancias con una acción similar a las hormonas, que regulan algunas importantes funciones biológicas en las células y en nuestro organismo, cuya denominación fue usada por primera vez en el año 1980, por el científico norteamericano E. J. Corey. Estos eicosanoides –los más importantes son las prostaglandinas, tromboxanos y leucotrienos-, pueden ser “buenos o malos” –se trata de una división parecida a la que se hace con el colesterol, el bueno y el malo-, pero dado que en pequeñas proporciones y de forma equilibrada, gracias a sus respectivos antagonismos, son todos beneficiosos y necesarios para que el organismo pueda compensar y autorregular funciones fundamentales, prefiero calificarlos como “positivos” o “negativos”.

       Los eicosanoides “positivos”, en general, inhiben la agregación plaquetaria, promueven la vasodilatación, inhiben la proliferación celular, estimulan la respuesta inmunológica y tienen unos pronunciados efectos antiinflamatorios, mientras que por su parte, los eicosanoides “negativos” favorecen la agregación plaquetaria, producen vasoconstricción, proliferación celular, deprimen el sistema inmunitario y tienen efectos proinflamatorios, es decir, que favorecen las inflamaciones orgánicas.

       En el año 1982, se premió con el Nobel de Medicina y Fisiología, unos trabajos de investigación de los científicos, Bergström, Samuelsson y Vane sobre las prostaglandinas y sustancias afines –o sea, eicosanoides-. Estos y otros estudios posteriores, comprobaron que dichas prostaglandinas y las prostaciclinas, resultaban vitales para regular la presión arterial, la función inmunitaria, renal, división celular y respuesta al dolor. Asimismo, verificaron que los tromboxanos resultaban claves en la coagulación de la sangre, mientras que los leucotrienos eran fundamentales en los procesos inflamatorios y respuesta alérgica, principalmente.

       El éxito de estos científicos estimuló la realización de más estudios, que fueron verificando cómo del GLA –ácido graso perteneciente al grupo Omega-6-, se derivaban prostaglandinas, tromboxanos y leucotrienos de la llamada serie 1, los cuales tienen respectivamente, una acción antiinflamatoria, anticoagulante y antivasoconstrictora, es decir, que son beneficiosos para la salud –y por lo tanto, son considerados eicosanoides positivos-. Que del AA, perteneciente también al grupo Omega-6, se derivaban prostaglandinas de la llamada serie 2, tromboxanos y leucotrienos de la serie 4, que son inflamatorios, procoagulantes y vasonconstrictores, es decir, que en pequeña proporción tienen funciones reguladoras y compensadoras, pero que si se encuentran en exceso, son perjudiciales para la salud –y por lo tanto, son eicosanoides negativos-. También se verificó que en según qué condiciones biológicas, el GLA pasa a convertirse en AA, ya que es su precursor, y por lo tanto, sus efectos pueden pasar de ser beneficiosos, a ser  perjudiciales –es decir, pasa de promover eicosanoides positivos, a promover eicosanoides negativos-. Y finalmente se comprobó, que del EPA –perteneciente al grupo Omega-3-, se derivan prostaglandinas de la llamada serie 3, tromboxanos y leucotrienos de la serie 5, que al igual que los de la serie 1, tienen una acción antiinflamatoria, anticoagulante y antivasoconstrictora, y por lo tanto, son beneficiosos para la salud –y por consiguiente, eicosanoides  positivos-.

       En el año 2002, un interesante trabajo de investigación publicado en el Journal of the American College of Nutrition, llevado por The Center for Genetics, Nutrition and Health, en Washington, (1) mostraba cómo la enfermedad coronaria, la depresión mayor, el envejecimiento y el cáncer, se caracterizan por un mayor nivel de interleuquinas proinflamatorias –eicosanoides negativos que son específicamente unas proteínas producidas por el sistema inmunitario-. El estudio mostraba además, que la artritis, la enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa y el lupus, eran enfermedades autoinmunes caracterizadas por un alto nivel de la interleuquina y leucotrienos proinflamatorios –recuerden, eicosanoides negativos-, producidos por ácidos grasos Omega-6.

       La investigación confirmó además, que los Omega-3 poseían la más potente capacidad inmunomoduladora, a la par que confirmaba propiedades antiinflamatorias, dado que los resultados de los ensayos revelaron un significativo beneficio en la disminución de estas enfermedades, comportando al mismo tiempo, una interesantísima reducción de los medicamentos antiinflamatorios. Es decir, estas investigaciones demostraban que los Omega-3 reducían enfermedades coronarias, depresión mayor, envejecimiento, cáncer, artritis, enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa, lupus… ¿Bien, qué les parece todo esto como carta de presentación de los Omega-3?

       Otras muchas investigaciones científicas, algunas anteriores y otras posteriores, fueron conformando un conjunto de datos confirmatorios de estos beneficios que tienen para la salud los Omega-3, mostrando claramente su eficacia en la prevención y control de enfermedades crónicas coronarias, hipertensión, cáncer, diabetes, desórdenes inflamatorios y auto-inmunes, eccema, psoriasis, Alzheimer, depresión, esquizofrenia, fibromialgia, esclerosis múltiple…, tal como se refleja por ejemplo, en la publicación de Reproduction, Nutrition, Development (2) en el año 2004.

       En el año 2006, el Children Hospital Boston (3), dio a conocer un trabajo en el que se habían contrastado multitud de estudios, mediante una amplia revisión de la bibliografía, ensayos e investigaciones, estudios poblacionales, metaanálisis y estudio de casos. Los investigadores llegaron a la conclusión de que estaba claramente demostrado, que un suplemento de Omega-3 proporcionaba un efecto protector en las enfermedades del corazón, y en particular, de la muerte cardiaca repentina. Asimismo quedó probado, un significativo beneficio en la artritis reumatoide con esta simple intervención nutricional, consiguiendo mejoras importantes de los síntomas, así como la reducción en la toma de medicamentos antiinflamatorios. Se verificó además, la eficacia de la suplementación de la medicación con Omega-3 en muchos trastornos psiquiátricos, particularmente esquizofrenia y trastorno depresivo mayor, que mostraron claros resultados positivos.

       Con lo leído hasta aquí, empezamos a vislumbrar la importancia de los Omega-3 para nuestro organismo, pero en los siguientes capítulos, profundizaremos un poco más sobre su capacidad preventiva y terapéutica, analizando las claves que algunas investigaciones científicas han ido dejando al descubierto.

       Los lectores irán comprobando, cómo los Omega-3 “EPA y DHA”, se convertirán por méritos propios, en los grandes protagonistas de la primera parte de este libro, en su rol de “héroes”, mientras  que el Omega-6 “AA”, también compartirá este máximo protagonismo, pero su papel será de “malo de la película” –aunque como todo malo, también tiene su rinconcito bueno, ya que como se ha dicho antes, todos estos nutrientes son esenciales y tienen funciones positivas, si se hallan en cantidades adecuadas y equilibradas-.

 

El desequilibrio entre Omega-6 y Omega-3, y sus graves consecuencias

       Este apartado es de vital importancia para comprender el actual incremento de muchas enfermedades crónicas y degenerativas en nuestra sociedad. Les aconsejo lo lean con la máxima atención.

       Se ha comprobado experimentalmente en numerosas investigaciones, que un exceso de Omega-6, especialmente de AA, ya sea ingerido directamente o indirectamente por conversión de su precursor GLA, puede ser muy perjudicial para el organismo.

       Efectivamente, si se produce este desequilibrio a favor del Omega-6 sobre el Omega-3, nos encontramos con una “situación metabólica proinflamatoria”, que deteriora paulatina y silenciosamente nuestro organismo, durante los años en que se mantiene este exceso de Omega-6 en la alimentación, y favoreciendo la aparición gradual de patologías inflamatorias y autoinmunes, ya sean de tipo cardiovascular, inflamaciones de colon, de hígado, de las articulaciones, fibroamialgia, alergias, psoriasis, diabetes o cáncer. Incluso trastornos mentales y emocionales.

       Para los lectores que no estén previamente introducidos en estas cuestiones, les resultará muy llamativo, chocante o increíble, que un exceso de Omega-6 en la dieta alimenticia, pueda promover la aparición de enfermedades aparentemente muy diferentes entre si, ya que además, son tratadas por distintos especialistas separadamente y por fármacos específicos. Sin embargo, las investigaciones han confirmado las claras evidencias de este nexo causal común.

       Los lectores irán comprendiendo gradualmente además, que estas enfermedades de tipo crónico o degenerativo, no aparecen por azar de un día para otro, ni de una semana para otra, sino que una alimentación desequilibrada durante meses o años, las va fraguando, propiciando su gradual desencadenamiento, y manifestándose de distinta manera en cada persona, según su constitución genética, sus hábitos, su cultura o el medio ambiente en el que se desenvuelva. Investigaciones científicas realizadas con familias y hermanos, han demostrado claramente que en el cáncer por ejemplo, solamente existe un 15% de causa genética común, mientras el resto es debido a causas externas o ambientales.

       El modelo general de alimentación occidental, que es el que sigue la mayoría de nuestra sociedad, es excesivo en carbohidratos y grasas saturadas, alimentos refinados, aditivos químicos, así como en ácidos grasos Omega-6, originando abundantes eicosanoides negativos, los cuales son ingeridos directamente a través de aceites de semillas y de carnes, o indirectamente a través de los ingredientes que contienen muchos productos elaborados industrialmente. Paralelamente, este modelo de alimentación también suele ser pobre en ácidos grasos Omega-3, provocando finalmente en su conjunto, que se produzca un gran desequilibrio entre Omega-6 y Omega-3, a favor del primero, y cuyos efectos, como ya hemos visto antes, son muy perjudiciales para la salud, ya que al tratarse de una situación proinflamatoria que habitualmente se mantiene durante mucho tiempo en la vida de una persona, va deteriorando silenciosamente su organismo y su salud, bajo el aparente manto de pequeños trastornos, que poco a poco van empeorando, complicándose, y propiciando la aparición de nuevas y más graves enfermedades. Patologías que en modo alguno pueden considerarse como consecuencia “lógica” del envejecimiento y del desgaste natural del organismo, ni del “azar”, sino que en su gran mayoría son producto de unos hábitos de vida poco saludables y nocivos, así como de carencias nutritivas, mantenidas durante años, y complicadas por los efectos secundarios de muchos fármacos que se utilizan para “curarlas”, pero que lejos de conseguirlo realmente, la gran mayoría actúan solamente anulando y controlando los síntomas, pero manteniendo la causa promotora primaria.

       Según diversos estudios epidemiológicos, se ha comprobado que este desequilibrio Omega-6/3, varía según las zonas geográficas y los países, pudiendo encontrarse fácilmente proporciones superiores a 10:1 o 15:1, es decir, que se ingieren 10 o 15 partes de Omega-6, por solamente 1 de Omega-3. O incluso a veces, sobretodo en Estados Unidos, se llega a proporciones de 50:1 a favor del Omega-6. ¡Las consecuencias para la salud son funestas!

       Según los especialistas, la proporción ideal estaría en 1:1, es decir, en el equilibrio y la igualdad entre los Omega-6 y los Omega-3. No obstante, se considera también aceptable una proporción máxima de 2:1 o 3:1 a favor del Omega-6. Proporciones a partir de 4:1 hay que evitarlas activamente, porque a partir de ahí, cuanto mayor sea el desequilibrio a favor del Omega-6 en detrimento del Omega-3, así cuanta más cantidad total ingerida y tiempo durante el que se ha mantenido, peores serán sus efectos para la salud, y más graves sus consecuencias.

       Según el profesor Sanders, del King’s College, en Londres (4), el ratio o proporción Omega-6/3 idóneo, debe estar por debajo de 3:1. Fruto de sus investigaciones y amplia experiencia, afirmó que de lo contrario, el organismo produce citoquinas proinflamatorias –unas proteínas producidas a partir del AA-, que son las que provocan enfermedades cardiovasculares, determinadas enfermedades mentales, obesidad, resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, desórdenes autoinmunes y muerte prematura. Por su parte, el profesor Saldeen, de la Universidad de Uppsala (5), recomienda un ratio AA/EPA –o lo que es lo mismo, una proporción Omega-6/3-, entre 1,5:1 y 2:1 a favor del Omega-6. Como vemos, hay un consenso en el sentido de que es beneficioso equilibrar los dos tipos de Omega, y que la diferencia a favor del Omega-6, sea mínima.          

       Se ha demostrado también, que este equilibrio es importantísimo en los niños. Un estudio publicado en el año 2005 y realizado por el Institut de Recherche Signalisation, Biologie du Développement et Cancer, Centre de Biochimie, Faculté des Sciences, Parc Valrose, en Niza (6), revisó y apoyó la evidencia de que el exceso de Omega-6 es un potente promotor de la adipogénesis, siendo importantísima su influencia si ésta se produce en el periodo de lactancia, puesto que se demostró que favorece la futura obesidad del niño.

       Otras muchas investigaciones han confirmado de forma clara y evidente, que el equilibrio Omega-6/3 es vital para controlar los procesos inflamatorios -que en su justa medida y de forma controlada son un recurso defensivo natural, pero si persisten mucho tiempo son dañinos-. El exceso de Omega-6 produce eicosanoides negativos, y éstos a su vez, citoquinas proinflamatorias que provocan procesos inflamatorios prolongados y degenerativos. Esta certeza es la que nos permite saber con conocimiento de causa, que alteraciones como la respuesta alérgica, son favorecidas por los leucotrienos que influyen en la producción histamínica, de la misma forma, que este equilibrio también es necesario para prevenir problemas cardiovasculares, ya que un exceso de Omega-6, y por lo tanto de tromboxanos –que serían eicosanoides negativos-, favorece la formación de coágulos.

       Las coincidencias en los resultados de las investigaciones son evidentes. Pero sigamos analizando algunas más, para comprender de forma más práctica, la importancia y las consecuencias de este desequilibrio entre los dos Omegas, comprobando al mismo tiempo, que equilibrándolos, se pueden corregir importantes trastornos físicos y mentales. Les resultará ciertamente interesante.

       El Journal of the American College of Nutrition (1) publicó un estudio en el que se comprobó, según experimentos con animales y estudios clínicos, que los Omega-3 tiene propiedades beneficiosas para las enfermedades inflamatorias, así como para las autoinmunes. En un trabajo posterior (7), se demostró que los estudios antropológicos y epidemiológicos a nivel molecular, indicaban que los seres humanos evolucionaron en una dieta con una proporción de Omega-6 con Omega-3, de aproximadamente 1:1, es decir, una proporción de igualdad entre ambos ácidos grasos poliinsaturados, mientras que en la dieta occidental actual, la proporción es de 15:1 o mucho más, a favor del Omega-6, de tal forma que se produce una situación proinflamatoria provocada por el exceso de AA, el cual promueve la patogénesis de muchas enfermedades, aumentando el riesgo de enfermedades cardiovasculares, inflamatorias y crónicas. El estudio confirmaba asimismo, que por el contrario, un aumento de los niveles de Omega-3, especialmente de EPA y DHA, hacía que esta proporción se equilibrara y disminuyeran los riesgos, observándose además, efectos supresores de estas enfermedades, ¡esto es importantísimo! Finalizaba consecuentemente, resaltando la eficacia de la ingestión de Omega-3 de alta pureza, para equilibrar la proporción Omega-6/3 en un plazo relativamente corto de tiempo, conclusión que resulta de capital importancia, para entender y valorar la gran utilidad práctica y el beneficio que podemos obtener ingiriendo cápsulas Omega-3 como suplemento alimenticio, para mejorar fácilmente muchas de estas enfermedades, o para prevenirlas.

       Aunque a veces nos dejamos llevar por la espectacularidad de las “curaciones”, más que por la discreción que conlleva la prevención, tenemos que tener muy en cuenta que resulta mucho más importante prevenir que curar, especialmente cuando nos referimos al exceso de Omega-6, por la sencilla razón de que su acción nociva y perjudicial se realiza lentamente durante años, deteriorando nuestro organismo hasta tal punto, que cuando queremos curarlo, quizás nos podemos encontrar con unos niveles de afectación orgánica tales, que pueden impedir la regresión o mejora que desearíamos, mientras que si evitamos que se vaya deteriorando al organismo, nos ahorraríamos fácilmente, muchísimas de estas enfermedades y sufrimientos. De ahí que resulte vital que los niños mejoren su alimentación, equilibrando esta proporción, con el fin de prevenir y evitar estas enfermedades, a las que son potenciales candidatos para sufrirlas.

       A algunos lectores les puede llamar mucho la atención, y parecerles increíble, que un “simple desequilibrio” en la ingestión de los Omega, pueda propiciar la aparición y desarrollo de una gran diversidad de patologías físicas crónicas graves, por lo que también les resultará sorprendente, comprobar su determinante papel en patologías emocionales como la depresión, un trastorno emocional capaz de empeorar el pronóstico de las enfermedades orgánicas graves cuando concurren ambas al mismo tiempo.

       Efectivamente, existen muchísimas investigaciones que así lo certifican, y algunas de ellas las analizaremos más adelante. No obstante, veamos ahora una como aperitivo. Fue llevada a cabo por el Servicio de Salud Mental del Hospital de Rockhampton en el año 1996 (8). Se realizó con pacientes con depresión de moderada a severa, estudiándose la relación entre la gravedad de la depresión y sus niveles de Omega-6 y Omega-3. En los resultados se encontró una mayor cantidad de AA en relación al de EPA, en los casos de mayor severidad depresiva. Se demostró por consiguiente de forma clara, que a mayor desequilibrio a favor del AA –o sea, de Omega-6 con respecto a los Omega-3, mayor es la depresión.

       También se ha comprobado experimentalmente, que la base de muchas enfermedades crónicas deriva fundamentalmente de un estado proinflamatorio prolongado, y los Omega-6, especialmente el AA, aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares o inflamatorias en personas con unas determinadas condiciones genéticas, mientras que el EPA y el DHA son capaces de disminuir los riesgos en estas personas (7).

       Los procesos de equilibración entre los Omega, fueron estudiados experimentalmente en la Universidad de Jyväskylä (9). Realizaron dos estudios doble ciego –que es una modalidad de investigación en la que nadie sabe quien toma producto activo, y que se hace para evitar cualquier influencia sobre los pacientes que toman placebo, incluso por parte de los investigadores-, para comprobar la absorción y los efectos sobre el nivel de la proporción Omega-6/3 en niños y adultos, mediante E-EPA. –Recuerden los lectores que el E-EPA es una modalidad de EPA de alta pureza y concentración-.

       El estudio en adultos se realizó sobre 24 estudiantes  voluntarios, que tomaron diariamente durante 45 días 1g/día de E-EPA, o bien 1g/día de placebo, según si pertenecían al grupo experimental o al de control –el grupo experimental es el que tomó E-EPA, mientras que el grupo de control era el que tomaba placebo-. Al cabo de este tiempo, la concentración de EPA en suero, pasó del 1% al 2,3% en el grupo que tomaba E-EPA, es decir, que su concentración aumentó más del doble, de forma que la proporción entre Omega-6 y Omega-3, se redujo a la mitad.

       Por su parte, el estudio de los niños se realizó con un grupo de 30 participantes, con una edad de 10 años, y con severos problemas de dislexia, que tomaron también durante 12 semanas, 0,5 g/día de E-EPA, o bien, 0,5 g/día de placebo. Pues bien, al final del estudio, se comprobó que la concentración de EPA en suero, pasó de una media del 1% al 2,8%, es decir, casi se triplicó, mientras que la media de la proporción Omega-6/3, pasó de 8:1 a 3:1, es decir, un descenso de más del 60%. A la finalización del estudio, no se había detectado ningún efecto adverso en ningún participante.

       Ante las evidencias logradas, el equipo investigador recomendó la toma de E-EPA independientemente del estado de salud en que se encuentren los individuos, ya que sabiendo los daños que provoca con el tiempo el desequilibrio a favor de los Omega-6, rebajando el nivel de éste, se actúa preventivamente y se pueden evitar muchísimos problemas de salud, sin ningún tipo de efecto adverso.

 

Los Omega-3 en enfermedades físicas

       Hemos tenido oportunidad de comprobar en algunos de los estudios revisados, que los beneficios para la prevención y el tratamiento de algunas enfermedades deriva de las propiedades directas de los Omega-3, o de su acción indirecta compensando y neutralizando los efectos negativos del exceso de Omega-6. A continuación analizaremos más detenidamente, los beneficios que pueden aportar en enfermedades físicas concretas, repasando brevemente algunas de las principales investigaciones realizadas, no sin antes efectuar una pequeña reflexión: -Debemos tener en cuenta que los datos estadísticos son siempre limitados en su aplicación real. Cuando se experimenta con personas, puede ocurrir que las diferencias individuales no puedan ser controladas totalmente, contribuyendo ello, a que ocasionalmente se produzcan resultados estadísticamente discrepantes o contradictorios. En muchos estudios no se diferencia si las personas de la muestra se conforman pasivamente, o por el contrario luchan y movilizan sus propias defensas físicas y mentales más allá de lo que hacen otras. Por esa razón, en medicina no siempre dos más dos son cuatro. Y por esa razón también, debemos obrar con cautela cuando se analizan los resultados de las investigaciones y las estadísticas, teniendo en cuenta que son datos relativos, pero no absolutos, orientadores pero no determinantes a nivel individual-.

 

Los Omega-3 en trastornos cardiovasculares

       Los problemas cardiovasculares se han convertido en la primera causa de muerte en la sociedad moderna. Es justo pues, empezar por ellos.

       En un estudio comparativo de la dieta de 50 esquimales que se realizó en el año 1976, y que fue publicado en el año 1980 por The American Journal of Clinical Nutrition (10), se observó que los esquimales tenían menos problemas cardiovasculares que otras poblaciones. En ese mismo año 1980, los científicos daneses Kromann y Green comprobaron que en Groenlandia, los esquimales tenían una prevalencia de accidente cardiovascular que era ocho veces menor a la de los esquimales que habían ido a vivir a Dinamarca, hallando la causa de esta diferencia en los altos niveles de Omega-3 presentes en la sangre de los esquimales que no habían emigrado, debido a su alto consumo de pescado. 

      A partir de entonces se empezó a investigar más intensamente el posible beneficio de los Omega-3 en la prevención de la arteriosclerosis y problemas cardiovasculares, dado que estos trastornos se estaban convirtiendo en la mayor plaga para el mundo moderno.

       Las investigaciones que se realizaban, iban confirmando estas propiedades una tras otra, publicándose en todas las revistas científicas del mundo. Por ejemplo, el año 1982 en el Journal of Nutrition Science of Vitaminologye (11), se hacían eco de los estudios que confirmaban que la alta longevidad de los japoneses y su baja prevalencia de las enfermedades cardiovasculares, se debían al alto consumo de ácidos grasos Omega-3 en su dieta, a través del consumo de pescado. O como en 1989, cuando la revista científica Lancet (12) confirmaba tras una investigación realizada por científicos, que la ingesta moderada de pescado (dos o tres veces a la semana), aportaba una reducción significativa en la mortalidad de pacientes que habían sufrido un infarto de miocardio.

       Pero como suele suceder en el ámbito científico, unas investigaciones eran más amplias que otras, tenían objetivos y resultados distintos, utilizaban diferentes diseños, hipótesis y criterios evaluadores, de forma que los resultados no siempre eran del todo concordantes, fiables y concluyentes. Así las cosas, el equipo investigador danés de la Research Department of Human Nutrition, Royal Veterinary and Agricultural University, en Frederiksberg (13), realizó en 1999 un metaanálisis –que es un análisis de análisis en el que se estudian y homogeneizan las características de diseño y resultados de distintos estudios e investigaciones realizados anteriormente-, mediante el cual pudieron comprobar, que efectivamente, el consumo de pescado reducía de forma eficaz y real el riesgo de la mortalidad por accidente coronario, especialmente en aquellas poblaciones de alto riesgo, como por ejemplo la norteamericana.

       Por su parte, el Department of Nephrology, Aalborg Hospital (14), comprobó en el 2001, que los Omega-3 reforzaban la frecuencia del ritmo cardíaco, lo protegían de las arritmias, confirmando además, que reducía las posibilidades de muerte súbita cardiaca.

       Los estudios iban acumulándose, hasta que en el año 2005, ante tal avalancha de investigaciones con resultados positivos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) no tuvo más remedio que recomendar oficialmente, la ingesta de ácidos grasos Omega-3, en especial EPA y DHA, para la prevención de las enfermedades cardiovasculares. Hay que tener muy en cuenta, que la propia OMS ha previsto que en el año 2020, las enfermedades cardiovasculares serán la primera causa de muerte y de incapacidad en el mundo. Por lo tanto, cumplir o no esta recomendación resultará crucial, dentro de unos años, para millones de personas.

        Pero siguiendo en el ámbito de las recomendaciones, la American Heart Association/American College of Cardiology y la European Society of Cardiology, también sugirieron la ingesta de 1g/día de los dos ácidos grasos Omega-3, el EPA y el DHA, para la prevención secundaria cardiovascular –se llama así al tratamiento posterior a un infarto de miocardio- y para la prevención de la muerte súbita de causa cardiaca. Asimismo, para reducir los niveles elevados de triglicéridos, recomendó tomar entre 2g y 4g de Omega-3 al día. Y aún otra recomendación más reciente, realizada por el Department of Cardiovascular Diseases, Ochsner Medical Center, de Nueva Orleans en 2009 (15). Según sus estudios, realizados con más de 40.000 participantes, para asegurar una eficiente protección cardiovascular es necesario ingerir diariamente un mínimo de 500mg de EPA+DHA como prevención primaria, en aquellas personas sin enfermedad subyacente conocida, y un mínimo de 800mg a 1.000mg como prevención secundaria, en aquellas personas con enfermedad coronaria conocida, o infarto de miocardio.

       La Japan Eicosapentaenoic Acid -EPA- Lipid Intervention Study, más conocida como JELIS (16), es el más amplio y exhaustivo estudio efectuado con Omega-3, realizado durante 4,6 años, con 18.600 pacientes japoneses, hombres y mujeres, afectados de hipercolesterolemia, con antecedentes de enfermedad de la arteria coronaria y otros con episodios de infarto de miocardio. El procedimiento de esta investigación consistió, tras dividir aleatoriamente a los participantes en dos grupos, en administrar estatinas como monoterapia al primer grupo, que sería el grupo de control –las estatinas son medicamentos para bajar el colesterol-, o administrando estatinas más E-EPA, a razón de 1,8g/día, al segundo grupo, que seria el grupo experimental EPA.

       Al finalizar el estudio se pudo comprobar en los resultados, que añadir E-EPA como complemento a los tratamientos con estatinas, reducía los efectos cardíacos adversos, tanto en la prevención primaria, es decir, antes de que aparezca un proceso patológico grave, como en la prevención secundaria, cuando ya se ha manifestado dicho proceso. Además, se comprobó que el E-EPA administrado, había reducido el riesgo de enfermedades coronarias en un 53%, los infartos de miocardio en un 19%, la angina de pecho en un 24% y la recaída del ictus, en un 20%. Las conclusiones de los investigadores fueron claras. Una de ellas es que se puede reducir el riesgo de enfermedad coronaria en la población occidental, especialmente en individuos con antecedentes de infarto de miocardio, complementando los tratamientos médicos convencionales con una ingesta adicional de E-EPA, ya que los efectos de éste se añaden a los de las estatinas, sin que se alteren los niveles de las lipoproteínas. Hay que tener en cuenta que la investigación se realizó sobre ciudadanos japoneses, los cuales consumen habitualmente Omega-3 a través del pescado, en una cantidad aproximadamente 8 veces mayor que un ciudadano típico de la cultura occidental, por lo que era fácil deducir que en poblaciones con menor consumo de pescado, el efecto protector podía ser aún mayor.

       Otra conclusión fue que el E-EPA actúa positivamente induciendo la reducción de las placas arteriales inflamadas. Y otra más, también importantísima, que los efectos del E-EPA se manifiestan al cabo de muy poco tiempo de haber iniciado la terapia, independientemente de la dieta, y también con independencia de si se trata de prevención primaria o secundaria. Todo ello reforzó aún más si cabe, la clarísima conveniencia de la utilización de suplementar la dieta con Omega-3 (17). 

       La Unidad de Lípidos de la Fundación Jiménez Díaz y el Departamento de Nutrición de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid   (18), confirmaron por su parte, en el año 2004, que el consumo habitual de EPA y DHA, disminuye el riesgo de muerte súbita y previene las arritmias. Estimaron, que muchas de las muertes por causa coronaria son consecuencia de la inestabilidad eléctrica del músculo del miocardio, que genera un paro cardíaco -fibrilación ventricular-, y que las propiedades antiarrítmicas de los Omega-3 se deben precisamente, a la capacidad de estos ácidos grasos para estabilizar la contracción de la célula muscular cardiaca. Asimismo, sus propiedades antitrombóticas eran patentes, ya que contribuyen a la disminución de la agregación plaquetaria que se produce en los vasos sanguíneos, mejorando la función endotelial o capacidad vasodilatadora, y evidenciando su beneficiosa acción en la isquemia coronaria o disminución del flujo sanguíneo.

       Por su parte, la Escuela de Graduados de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Hiroshima (19), estudió en el año 2008 la prevalencia del síndrome metabólico –que es una condición caracterizada por la acumulación de múltiples factores de riesgo para la aterosclerosis-, haciendo una comparación entre el japonés nativo, y el japonés americano. Después de realizar la investigación con 416 japoneses nativos de Hiroshima, y 574 japoneses de Los Ángeles, hallaron una prevalencia en los nativos, del 13,9% en el caso de los hombres, y del 2,7% en las mujeres, mientras que en el grupo de “japoneses americanos”, la prevalencia fue de 32,7% en los hombres, y del 3,4%  en las mujeres. Hubo diferencias muy significativas en los hombres, pero no así en las mujeres. Ello vino a demostrar, que la “occidentalización” del estilo de vida, aumentaba la prevalencia del síndrome metabólico entre los hombres “japoneses americanos” en relación con los japoneses nativos.

       En algunas ocasiones, los trabajos científicos realizados también han estudiado la asociación entre varias enfermedades. Por ejemplo, la artritis reumatoide se asocia con un mayor riesgo cardiovascular, por lo que la Unidad de Reumatología del Royal Adelaide Hospital (20), realizó una investigación para demostrar que el aceite de pescado reducía los síntomas de la artritis reumatoide, al mismo tiempo que los de riesgo cardiovascular. Con un programa que incluía quimioterapia para pacientes con artritis reumatoide temprana, se distribuyó un grupo de control, que siguió el tratamiento estándar, y otro grupo que tomó EPA. Pues bien, al cabo de 3 años, se examinaron los resultados y se comprobó que en el grupo EPA, la presencia de AA (ácido araquidónico) fue un 30% menor en las plaquetas, y un 40% menor en las células mononucleares. Asimismo, que el tromboxano B2 también fue un 35% inferior, y la prostaglandina E2 un 41% menos –recordemos que se trata de eicosanoides negativos-. Los pacientes del grupo EPA, tuvieron cambios favorables en los lípidos en sangre, mientras que el grupo de control no los tuvo. La remisión de síntomas fue del 72% en el grupo EPA, y solo del 31% en el grupo de control. En base a estos resultados, los investigadores concluyeron el estudio confirmando, que el aceite de pescado reducía el riesgo cardiovascular en pacientes con artritis reumatoide, al tiempo que también era beneficiosa para ésta.

       Observamos en este estudio, la confirmación de la existencia de el nexo común entre estos trastornos aparentemente distintos, lo que nos reafirma en la importancia fundamental del equilibrio Omega-6/3 en la génesis de patologías aparentemente muy diferentes entre si, de tal forma que mediante los Omega-3, en este caso concreto EPA, se puede obtener mejora en todas ellas ya que comparten este nexo causal común.

       Otras investigaciones han estudiado los efectos protectores cardiovasculares de una nutrición tipo dieta mediterránea enriquecida con Omega-3. Un importante trabajo se llevó a cabo con 600 pacientes infartados, seguidos durante una media de 46 meses (21). El resultado fue espectacular, pues todos los riesgos cardiovasculares, tanto de fallecimiento, muerte cardiaca, nuevo infarto y demás complicaciones coronarias, se redujeron entre un 50% y un 70% en función de sus complicaciones específicas.

       El Gruppo Italiano per lo Studio della Sopravvivenza nell’Infarto miocárdico  GISSI-, ha realizado importantísimas investigaciones que han sido publicadas en The Lancet (22). En el año 1999, publicaron un ensayo, en el que participaron 11.324 pacientes que habían sobrevivido a un infarto de miocardio. Se les administró 1g diario de EPA + DHA, durante 3 años y medio. Pues bien, al cabo de ese tiempo, los resultados constataron una reducción de la mortalidad por problemas cardíacos, en un 30%, mientras que la mortalidad súbita debida a problemas del ritmo ventricular, se había reducido en un 45%. En el año 2008, realizaron otro ensayo (23) en el que administraron 1g diario de Omega-3 -EPA+DHA- de forma aleatoria a la mitad de 6.975 pacientes con insuficiencia cardiaca crónica, y placebo a la otra mitad, durante en periodo de 3,9 años. Al cabo de este tiempo, se verificó que había un 9% menos de muertes en el grupo Omega-3 que en el grupo placebo, y un 8% menos de ingresos hospitalarios.

       En el Toyama University Hospital (24), realizaron una investigación en la que administraron 1,8g diario de EPA a un grupo de 9.326 pacientes –que sería el grupo experimental EPA-, mientras que a 9.319 pacientes se les administró placebo –que sería el grupo de control placebo-. Al cabo de 5 años, se comprobó en los pacientes que habían sufrido infartos, que en el grupo EPA hubo un episodio de repetición del 6,8 por ciento, mientras que en el grupo placebo las repeticiones subieron hasta el 10,5 por ciento, además de observarse en el grupo EPA una bajada del colesterol y de las arritmias. Lógicamente, los investigadores concluyeron que el EPA era beneficioso para la salud cardiovascular. Fíjense los lectores –porque a veces los números pueden desorientar-, que la diferencia entre el 6,8 por ciento y el 10,5 por ciento de cada grupo, aparentemente pequeña, en realidad significa un 35% menos de posibilidades de sufrir una repetición de infarto si se tomaba EPA con respecto a si no se tomaba. En ese mismo año, el Current Vascular Pharmacology (25) (26), publicó que de entre todas las propiedades cardiovasculares de los Omega-3, la más clara acción beneficiosa a corto plazo, es su capacidad para prevenir la muerte súbita cardiaca.

       Y hablando de acciones a corto plazo, otra más. El Department of Medicine, University of Western Australia, and the West Australian Heart Research Institute, en Perth (27), realizó en el ámbito ambulatorio durante el año 1999, un estudio doble ciego controlado por placebo, comparando los efectos que sobre la presión arterial y la frecuencia cardiaca, podían ejercer el DHA, EPA y el aceite de oliva como placebo. Pues bien, los resultados mostraron que el DHA tenía un efecto reductor más rápido y significativo sobre la presión arterial y la frecuencia cardiaca en 24 horas, que el EPA y el placebo. En el 2009, otro estudio (28) confirmó asimismo, el notable papel de los Omega-3 en la mejora de la hipertensión en dislipémicos, diabéticos y ancianos, con la excelentísima ventaja que supone poder rebajar entonces la cantidad de fármacos administrada a este tipo de pacientes.

       Para finalizar este clarificador viaje cardiovascular, fijemos la atención en un estudio especial de casos y controles realizados en Seattle en el año 2007 (29) (30). Se comprobó, relacionando análisis sanguíneos con la salud cardiaca de varios pacientes, que los individuos con 6,5% de ácidos grasos Omega-3 en las membranas de los eritrocitos de su sangre, presentaban un impresionante 90% menos de riesgo de muerte súbita de tipo cardíaco, en comparación con aquellos tenían un nivel un 3,3% de Omega-3, lo que vino a significar, que el nivel de Omega-3 en la sangre se relaciona en el riesgo de sufrir un paro cardíaco, de forma que si elevamos su consumo tenemos muchísimas menos posibilidades de sufrir un ataque.

     

En colitis ulcerosas, enfermedad de Crohn

       Los trastornos o inflamaciones intestinales han aumentado en los últimos años en la población. El cáncer de colon es uno de los más frecuentes. ¿Qué misterio esconde este fenómeno que afecta a una zona de nuestro cuerpo, el sistema digestivo, que lógicamente es una de las partes orgánicas más directamente relacionada con lo que comemos? Veamos qué ocurre cuando se implican los Omega.

       En el año 1990, el Departamento de Medicina de Mount Sinai School of Medicine, en Nueva York  (31), realizó un ensayo abierto de 10 pacientes con colitis ulcerosa moderada, en los que había fracasado el tratamiento farmacológico convencional con esteroides. Se les suministró 2,7g/día de EPA, dividido en tres tomas diarias, durante 8 semanas. Los resultados mostraron que siete pacientes obtuvieron una notable mejoría, y la dosis de esteroides que tomaban pudo reducirse en cuatro de los cinco pacientes tratados con prednisona –un corticoesteroide que también se utiliza en el asma, lupus o artritis reumatoide-, mientras que tres pacientes obtuvieron poca o ninguna mejora, pero ninguno empeoró. En el estudio se constató además, que todos los pacientes habían tolerado el bien aceite de pescado, sin provocar ninguna alteración en los análisis de sangre rutinarios. Estos resultados mostraron claras ventajas y ninguna desventaja en la administración de Omega-3 a estos enfermos, en este caso EPA, verificando que es un producto seguro.

       Posteriormente, en California (32), se llevó a término una investigación de título Fish oil fatty acid supplementation in active ulcerative colitis: a double-blind, placebo-controlled, crossover study, realizada con pacientes afectados de colitis ulcerosa activa leve o moderada, en los se había observado que sus niveles de leucotrieno B4 en la mucosa rectal habían aumentado, contribuyendo a la diarrea y a la inflamación, y correlacionando así, con la severidad de la enfermedad. La hipótesis a confirmar era en principio, que los Omega-3 como inhibidores de la síntesis de los leucotrienos podían ser beneficiosos para la colitis ulcerosa. En el estudio, controlado con placebo y a doble ciego, se administró durante 8 meses a 11 pacientes, suplementos dietéticos con aceite de pescado, que proporcionaba alrededor de 4,2g/día de Omega-3. Pues bien, al término de la investigación, la media de índice de actividad de la enfermedad disminuyó un 56% en los pacientes que recibieron aceite de pescado, y sólo un 4% en los pacientes con placebo, confirmándose el beneficio de los Omega-3. Pero no hubo sin embargo, diferencias estadísticamente significativas en las puntuaciones histopatológicas del nivel del leucotrieno B4 en la mucosa colónica. Todos los pacientes toleraron bien la ingestión de aceite de pescado, y no se mostró ninguna alteración en los análisis de sangre rutinarios. Ningún paciente empeoró, y los antiinflamatorios pudieron reducirse o eliminarse en 8 pacientes (72%) del grupo Omega-3. Los investigadores concluyeron que, efectivamente, el aceite de pescado mejoraba el estado de la colitis ulcerosa, pero no se asoció con una reducción significativa de la producción en la mucosa del leucotrieno LTB4.

       Este resultado, aporta por una parte la evidencia de que los Omega-3 poseen propiedades que influyen directamente en la mejora de enfermedad, pero por otra parte, muestra la gran dificultad de conseguir reducir los niveles orgánicos de los eicosanoides negativos –en ese caso el leucotrieno LTB4-, lo que nos muestra la necesidad de prevenir los daños que causa, disminuyendo la ingesta de Omega-6.

       Por su parte, en el Department of Pediatrics, Juntendo University, School of Medicine, en Tokio (33), se investigó también la utilidad del E-EPA en niños de entre 8 y 16 años con colitis ulcerosa en remisión. Se constató que una dosis de 1,8g/día de E-EPA era bien tolerada y sin ningún efecto secundario durante dos meses. La investigación permitió comprobar además, que no había diferencias significativas en los resultados de laboratorio en cuanto a la puntuación histológica antes y después de la  mucosa, pero sí que hallaron diferencias significativas en el nivel de EPA en los eritrocitos de las membranas, que era más alto, y una disminución del leucotrieno LTB4, que interviene en la producción de citoquinas proinflamatorias. Vemos que al igual que en la anterior investigación, no se produjo reducción de los leucotrienos a nivel histológico –es decir, a nivel de tejido intestinal-, pero sí que lo hizo en la sangre. Esto nos confirma que recuperar los daños físicos que afectan los tejidos es dificultosos y requiere proporcionalmente un tiempo tanto más largo cuanto más extenso haya sido el tiempo que ha estado expuesto este tejido a los efectos dañinos de los eicosanoides negativos derivados de los Omega-6, mientras que las mejoras funcionales o sintomáticas, pueden ser muy evidentes en un plazo de tiempo infinitamente más corto e inmediato.

       En el año 2009 se llevó a cabo en el Reino Unido, un macro estudio de cohortes de carácter prospectivo, titulado Linoleic Acid, a Dietary N-6 Polyunsaturated Fatty Acid, and the Aetiology of Ulcerative Colitis - A European Prospective Cohort Study (34), el cual se extendió a Suecia, Alemania, Dinamarca e Italia, y abarcó a más de 200.000 pacientes, hombres y mujeres de 30 a 74 años. Pues bien, los resultados fueron tan rotundos, que los responsables de la investigación afirmaron que se había probado que los Omega-6, que se metabolizan en forma de AA, tenían un papel predominante en la etiología y el aumento de riesgo de la colitis ulcerosa. Es decir, confirmaron su más que probable responsabilidad en la generación de la enfermedad.

       Por su parte, el profesor Ángel Gil, de la Universidad de Granada (35), ya había recomendado también en el año 2003, el E-EPA para pacientes con colitis ulcerosa, mientras que en el año 2005, unos estudios realizados en Estados Unidos  por investigadores de la Universidad Harvard en Boston (36), posibilitaron la identificación de un nuevo lípido bioactivo, la resolvina RvE1, de la que el EPA es precursor, pudiendo comprobar que era muy beneficiosa en las enfermedades inflamatorias crónicas intestinales, que son las que causan ulceraciones e inflamaciones de diversas áreas del intestino, y cuya mayor parte se clasifican como colitis ulcerosa, o enfermedad de Crohn.

       En el año 1996, The England journal of medicine (37), publicó una investigación realizada con 78 pacientes con la enfermedad de Crohn, en la que fueron divididos en dos grupos al azar, administrándole al grupo experimental, 2,7g diarios de Omega-3 en cápsulas, y placebo diario al grupo de control. Al cabo de un año los resultados mostraban que el 59% de los pacientes del grupo Omega-3 mostraban remisión en la enfermedad, mientras que sólo un 26% del grupo placebo habían mejorado.

       Vemos por lo tanto, que independientemente del mecanismo íntimo mediante el cual actúen los Omega-3, la evidencia sobre el beneficio que aportan en este tipo de patologías, en especial el EPA, así como buena tolerancia, está suficientemente probado.

 

En artritis reumatoide

       En el año 2003, desde la Unidad de Reumatología del Royal Adelaide Hospital (38),  el Dr. Cleland (39) se lamentaba de que a pesar de que los beneficiosos efectos antiinflamatorios de los Omega-3 habían sido suficientemente comprobados de forma científica, mediante estudios aleatoriezados a doble ciego y controlados con placebo, consiguiendo evitar o disminuir los efectos de las citoquinas proinflamatorias y la degradación del cartílago, muchos médicos seguían ignorando esta bioquímica en sus tratamientos terapéuticos, formulas, principios de aplicación y modificaciones de la dieta, negando así un beneficio más que probado a sus pacientes.

       Efectivamente, la eficacia de los Omega-3 en la artritis reumatoide ha sido comprobada y reafirmada por diversas investigaciones realizadas por prestigiosos doctores e instituciones, que han recomendado su utilización. Por ejemplo, el Dr. Kremer, de la Division of Rheumatology, Albany Medical College, en Nueva York (40), el cual demostró en el año 2000, que la ingesta diaria de suplementos de Omega-3, concretamente EPA y DHA, combinados con los medicamentos, mejoraban la artritis reumatoide. Por su experiencia profesional e investigadora, valoraba en 3g/día la dosis mínima necesaria para obtener los beneficios deseados, siendo en general bien tolerada y sin efectos tóxicos.

       En el año 2007, la American Heart Association/American College of Cardiology y la European Society of Cardiology (41), recomendaba tomar 1g/día de Omega-3, para reducir la rigidez matinal y la inflamación de las articulaciones en pacientes con artritis reumatoide. Otros estudios demostraron asimismo, que una dosis de 2,6g/día o más de EPA+DHA, reducía los síntomas de la artritis reumatoide después de 12 semanas, y que consumir una dosis mayor podía incluso reducir este período de latencia (42). Precisaron también, que el mecanismo de mejora era debido a una disminución de la inflamación debido a la capacidad del EPA de inhibir las prostaglandinas de los Omega-6 –o sea, de inhibir eicosanoides negativos de efectos proinflamatorios-.

 

En el asma y bronquitis asmática

       El exceso de Omega-6 y la falta de Omega-3, según han demostrado diferentes investigaciones, no solo parece actuar positivamente en el asma, sino también sobre el enfisema pulmonar y la bronquitis crónica, especialmente la derivada del tabaquismo (43).

       El año 2005 la Human Performance and Exercise Biochemistry Laboratory, Department of Kinesiology, Indiana University (44), tras reflexionar sobre el hecho de que a pesar del progreso que se ha hecho en el tratamiento del asma, la prevalencia y la carga de esta enfermedad había seguido aumentando, y además de ello, aunque los medicamentos suelen ser eficaces, pueden tener efectos secundarios importantes, quisieron investigar si las terapias alternativas podrían disminuir las dosis farmacológicas, y reducir así, el coste de esta enfermedad para la salud pública. Partiendo de la evidencia de que los factores dietéticos podían desempeñar un papel preponderante en el aumento de la incidencia de asma en las sociedades occidentales, debido al exceso de Omega-6 en la dieta, que tiene efectos proinflamatorios, realizaron un estudio titulado Protective Effect of Fish Oil Supplementation on Exercise-Induced Bronchoconstriction in Asthma. Analizaron los efectos de una ingesta suplementaria de Omega-3 sobre el asma y la broncoconstricción inducida por el ejercicio físico, sometiendo a investigación un grupo de 16 deportistas asmáticos con broncoconstricción, los cuales fueron divididos en dos grupos, administrándoles aleatoriamente suplementos de aceite de pescado o placebo durante 3 semanas.

       Al finalizar el estudio se observó que el grupo experimental, el que había tomado aceite de pescado, mejoró la función pulmonar y previno que se produjera broncoconstricción después de la realización de los ejercicios, mostrando al mismo tiempo,  una notable reducción del estrechamiento en las vías respiratorias, así como también, una disminución en el uso de los medicamentos broncodilatadores. Vistos estos resultados, la conclusión fue que la suplementación dietética con Omega-3 podía ser una modalidad de tratamiento muy beneficiosa y viable para la prevención y tratamiento de esta enfermedad, pudiendo contribuir además, a rebajar su prevalencia y la carga económica que supone para la sanidad pública.

       Y ya que hablamos de prevención, precisamente ésta fue el objetivo principal de una interesantísima investigación que se llevó a cabo en la Maternal Nutrition Group, Department of Epidemiology Research, Statens Serum Institut, de Copenhagen, en el año 2008 (45), confirmando sus resultados, que no hay mejor inversión en la salud, que la prevención.  El estudio fue el que sigue.

       Se realizó con más de 500 mujeres embarazadas, con la intención de comprobar si la ingesta de Omega-3 durante el embarazo a partir de la semana 30 podría tener efectos inmunomoduladores futuros en el niño, y afectar a la descendencia del riesgo de asma. Se inició en el año 1990, con una muestra de 533 mujeres con embarazos normales, en torno a las 30 semanas de gestación, que fueron asignadas aleatoriamente en tres grupos. El primer grupo de 266 mujeres recibió  2,7g/día de Omega-3, en el segundo grupo, 136 mujeres recibieron aceite de oliva, y en el tercer grupo, 131 mujeres recibieron placebo sin aceite, hasta el último día de gestación.

       Pues bien, 16 años después, en agosto de 2006, de entre los 531 niños nacidos vivos, 528 fueron identificados, y se comprobó que 523 seguían vivos en aquella fecha. Entre éstos últimos, había 19 niños que habían recibido diagnóstico de asma, y 10 más diagnóstico de asma alergia asmática. Se observó que había una reducción del 63% de la tasa de riesgo de asma y de un 87% en el riesgo de alergia asmática en el grupo Omega-3 respecto al grupo aceite de oliva, por lo que los investigadores concluyeron que el aumento en la ingesta de Omega-3 en la última etapa del embarazo, tiene un importante potencial profiláctico en relación con el asma de los niños, y por tanto podía ser utilizado con ventaja para prevenirla.

       Además de ello, en caso de que los niños ya hayan desarrollado asma bronquial, también los suplementos de Omega-3 han demostrado su eficacia, tal como se comprobó en el estudio llevado a cabo con 29 niños en el año 2000 (46). Los resultados mostraron una significativa mejora en los síntomas del asma en los niños que tomaron Omega-3, así como una ausencia total de efectos secundarios.

       Con estos datos, seguro que las madres y futuras madres lectoras, ya saben qué tienen que preguntar al pediatra. ¿Verdad?

 

En el cáncer

       Epidemiológicamente –o sea, mediante la realización de extensos estudios de salud en poblaciones humanas-, se ha constatado que el cáncer es menos común en zonas donde se consumen grandes cantidades de animales marinos, considerándose responsable de ello, a los ácidos grasos poliinsaturados Omega-3 como el EPA y el DHA. Es por esta causa que las mujeres japonesas, que comen mucho pescado, tienen una proporción muy baja de cáncer, mientras que por su parte, los hombres japoneses también tienen una tasa de cáncer de próstata también menor a la media. Igual ocurre si nos referimos a cánceres de estómago e intestino. También se ha comprobado que la quimioterapia es más eficaz cuando en la dieta del enfermo hay una mayor proporción de Omega-3. Con estas nociones previas, iniciamos el repaso sobre los probados beneficios de los Omega-3 sobre el cáncer.

       Un curioso fenómeno fue observado en un estudio realizado con 660 pacientes japoneses en el año 1989 (47). En occidente hay un porcentaje mucho más elevado de cánceres de próstata que en Japón, sin embargo, se comprobó en japoneses menores de 50 años, que tenían microtumores en la próstata que no se habían desarrollado, en una proporción similar a la media occidental. Este hallazgo sugirió que la diferencia podría estar en que el mayor consumo de Omega-3 entre los japoneses, aunque no evitaba el inicio de microtumores, reforzaba su sistema inmunitario e impedía el desarrollo del cáncer.

       El año 1989, el Department of Medicine, New England Medical Center Hospital, en Boston (48), comprobó que un exceso de Omega-6 producía reacciones de oxidación, provocando respuestas inflamatorias, al tiempo que verificaron que los Omega-3 reducían esta inflamación, así como su efecto inhibidor sobre la producción de interleuquina IL-1 y del factor de necrosis tumoral.   

       En posteriores investigaciones, se comprobó asimismo, que las dietas ricas en Omega-6 promueven la génesis tumoral, mientras que las dietas ricas en Omega-3, compensan la desproporción de aquellos y se convierten en un factor importante para evitar el desarrollo y la progresión de varios tipos de cánceres, dado que la mayoría de cánceres son condiciones inflamatorias en las que el mediador proinflamatorio interleuquina IL-8, producido por las células inmunes, desempeña un papel significativo, habiéndose verificado que en estos casos se encuentra en unos niveles más elevados, promoviendo además la formación de angiogénesis, es decir, la formación de vasos sanguíneos nuevos patológicos, que proveen al tumor de oxígeno y nutrición, favoreciendo de esta forma la proliferación celular y la metástasis.

       Efectivamente, este efecto inhibidor de la angiogénesis fue comprobado entre otras, en una investigación de la Division of Nutrition and Endocrinology, American Health Foundation, en Nueva York (49). Este centro ya había realizado estudios anteriores en los que había comprobado investigando con ratones, que los Omega-3 retardaban la progresión del cáncer de próstata (50).

       Científicos de la Universidad de Indiana (51), demostraron en el año 2004, que los Omega-3 tienen una doble facultad muy beneficiosa. Por una parte previenen la muerte celular programada –llamada técnicamente apoptosis-, especialmente la muerte prematura de las células cardiacas, neuronales y retinianas, pero por otra parte se muestran apoptóticas en las células cancerosas, es decir, que aceleran su muerte. Estos científicos recomendaron los Omega-3 como tratamiento complementario del cáncer debido a esta capacidad apoptótica para la célula cancerosa, unida a su capacidad antiinflamatoria. Además, los Omega-3 son muy útiles por su acción antidepresiva, especialmente el EPA, -cuestión que trataremos detalladamente más adelante-, y que es un trastorno que habitualmente aparece de forma concurrente con el cáncer, o incluso se desencadena con la misma comunicación del diagnóstico al paciente, contribuyendo a empeorar más el pronóstico de la enfermedad.

       En diversas investigaciones, se ha comprobado parte de este mecanismo apoptótico, en concreto la importante acción de las células NK –“natural killer”, o células asesinas naturales-, que son unos linfocitos que forman parte substancial de nuestro sistema inmunitario. Resulta que cuando estas células detectan virus, bacterias o células cancerosas, los atacan penetrando en su interior gracias a la “perforina”,  e introducen sus “granzima”, que es la que activa los mecanismos de autodestrucción programados, rompiendo posteriormente el núcleo de la célula cancerosa (52), (53). Pues bien, algunos estudios tan importantes como el realizado en Japón, por el Saitama Cancer Centre Research Institute (54), en el que se hizo un seguimiento de cohortes durante 11 años, demostró que cuanto mayor es la actividad de los glóbulos blancos NK, y consiguientemente mayor es la actividad del sistema inmunitario, menores son los riesgos de sufrir cáncer y mayores las posibilidades de supervivencia. Asimismo, se demostró la evidencia de que una baja actividad de las células NK, lo que equivale a una baja actividad de las defensas naturales, favorece el desarrollo de la metástasis (55). 

       Otro hecho constatado es que las células inmunes son sensibles a nuestros sentimientos, y reaccionan positivamente ante estados emocionales de alegría y paz, mientras que un sentimiento de impotencia y falta de lucha se contagia también al sistema inmunitario, y éste no lucha. Por eso cuando una enfermedad concurre al mismo tiempo con depresión, el pronóstico de la enfermedad es siempre peor.

       En el Centro de Investigación Biomédica de Pennington, Lousiana State University (56), se llevó a cabo una investigación en la que se complementó con Omega-3, el tratamiento de quimioterapia convencional de diversos tipos de cánceres, incluidos los de pulmón, colon, mama y próstata. El resultado fue que la recuperación mejoró cuando la dieta incluía Omega-3, por lo que concluyeron que su utilización como suplemento es una alternativa útil para obtener un mejor resultado, retrasando o previniendo la recurrencia del cáncer, así como para aquellos pacientes con problemas hacia la toxicidad de los tratamiento estándar. El Dr. Hardman, considera que el consumo de Omega-3 después de la terapia adecuada, puede retrasar o detener el crecimiento de las células en la metástasis, aumentando la longevidad de los pacientes y mejorando su calidad de vida (57).

       Por su parte, el Dr. De Lorgeril, en su estudio titulado Mediterranean dietary pattern in a randomized trial. Prolonged survival and possible reduced cancer rate (58), realizado durante cuatro años sobre más de 600 pacientes, comprobó que una dieta mediterránea rica en Omega-3, además de ser cardioprotectora, también reduce el riesgo de cáncer, dando como resultado un 61% menos de muertes por cáncer en el grupo experimental en comparación con el de control. ¿Impresionante, no?

       Otra investigación sumamente interesante que refuerza la anterior, fue realizada en el año 2008 por el Department of Pathology, University of Pittsburgh School of Medicine, bajo el título Cyclooxygenase-2-derived prostaglandin E2 activates beta-catenin in human cholangiocarcinoma cells: evidence for inhibition of these signaling pathways by omega 3 polyunsaturated fatty acids (59). En ella se confirmó que el EPA y el DHA eran eficaces tanto en la prevención como en el tratamiento del cáncer, mientras que el AA no lo era, ya que evitan la proliferación de las células cancerosas gracias a la reducción de una proteína, la betacatenina, responsable del crecimiento celular en tumores, acción propiciada por mediación de las células T, además de inducir la apoptosis o muerte celular programada de las células cancerosas.

       Esta investigación se realizó con células cancerígenas de carcinoma  hepatocelular,  responsables de la gran mayoría de los cánceres de hígado, y también con células tumorales de colangiocarcinoma, que es un tipo de cáncer especialmente agresivo, obteniendo resultados positivos en ambos casos. Los responsables del estudio, afirmaron a modo de conclusión, que el tratamiento con Omega-3 parecía ser eficaz y seguro para el abordaje terapéutico de la quimioprevención y tratamiento del cáncer de hígado y del colangiocarcinoma.

       Sin embargo, no siempre todos los Omega-3 tienen siempre un efecto totalmente positivo, ni los Omega-6 son siempre absolutamente perjudiciales, ya que como se explicó al principio del libro, todos son importantes y positivos en pequeñas cantidades, siendo la clave, el equilibrio entre ambos. Pues bien, en este sentido resulta revelador un estudio realizado por la Nutritional Epidemiology Branch, Division of Cancer Epidemiology and Genetics, National Cancer Institute, National Institutes of Health, Department of Health and Human Services, en Bethesda (60). Se propusieron confirmar que los Omega-3 inhiben y los Omega-6 estimulan el riesgo de cáncer de próstata, y con este objetivo, se evaluaron prospectivamente la asociación entre la ingesta de Omega-3 y Omega-6 por separado, en concreto de ALA, EPA, DHA, AA, y el riesgo de cáncer de próstata.

       El estudio incluyó una cohorte de 47.866 hombres de Estados Unidos, con edades comprendidas entre 40 y 75 años, sin antecedentes de cáncer. Empezó en 1986, y duró 14 años. Durante el seguimiento, surgieron 2.965 nuevos casos de cáncer de próstata, de los cuales, 448 fueron cánceres en estado avanzado. El resultado de la investigación fue que el ALA –recordemos que es un Omega-3-, no se relacionaba con el riesgo total de cáncer de próstata, pero sin embargo, este ácido graso, que se encuentra abundantemente en la carne y productos lácteos, se relacionó mediante su ingesta multivariada en la alimentación, con el riesgo de cáncer avanzado. Por su parte, el EPA y el DHA, se relacionaron con un menor riesgo de cáncer de próstata avanzado, y en cuanto al AA, no se mostró relación con el riesgo de cáncer de próstata. La conclusión fue que el aumento de la ingesta diaria de ALA, puede aumentar el riesgo de cáncer de próstata avanzado, mientras que por el contrario, la ingesta de EPA y DHA puede reducir el riesgo total y de cáncer de próstata avanzado. Es decir, el ALA, un Omega-3, puede resultar finalmente pernicioso según la composición de la alimentación, y en cambio, el AA, un Omega-6, no mostró dicha acción. Estos resultados evidencian en cierto modo, que aún no se conoce suficientemente los mecanismos íntimos y la importancia de todos los ácidos grasos esenciales, y que por lo tanto, existen lagunas importantes aún por resolver. Pero además, la cuestión se complica cuando tenemos en cuenta que existen muchas variedades de cáncer, y que por lo tanto, esta diversidad combinada con la variabilidad que puede darse tanto interindividualmente como intraindividualmente, dificulta la generalización de los procesos.

       Según los resultados de estas investigaciones, parece pesar más la influencia beneficiosa de los Omega-3 sobre el cáncer ya desarrollado, que no de los Omega-6, que aparecen como más decisivos e influyentes en la iniciación y desarrollo gradual del mismo. Esta explicación a modo de hipótesis que quedaría por demostrar, se resumiría en que el exceso de Omega-6 ejerce una mayor influencia en la promoción inicial de los estados proinflamatorios, provocando al principio trastornos autoinmunes más leves como pueden ser eccemas, asmas o artritis, mientras que cuando esta situación se prolonga durante años, los trastornos pasan a un nivel más elevado y consolidado en los tejidos orgánicos, provocando mayor complicación y caos, como en el cáncer. Es decir, cuando el exceso de Omega-6 ha hecho su trabajo destructor, y se llega a un elevado nivel de desorganización celular, aunque se añada más cantidad de Omega-6, ya no se aprecia variación en el estado inflamatorio de los tejidos orgánicos y la respuesta autoinmune, por lo menos de forma rápida, mientras que los Omega-3, sí aportan una mejora ostensible en la situación, siempre que no hayan otras causas o que la gravedad de la situación lo impidan, como puede que ocurra en aquellas personas que no manifiestan mejora significativa alguna.

       Otra importantísima investigación llevada con mujeres de Signapur (61), podría ayudar a comprender un poco mejor todo esto. Se investigaron los efectos de cada uno de los ácidos grasos en el cáncer de mama, en un estudio prospectivo de 35.298 mujeres entre 45 y 74 años, que fueron reclutadas entre los años 1993 y 1998. Después de ir realizando los estudios, a finales del año 2000 se finalizó la prueba, reportando los 314 casos de incidente de cáncer de mama que se habían producido. Los resultados mostraron que no había asociación entre los Omega-6 y el riesgo de cáncer de mama, pero sin embargo, sí se vio un aumento significativo del riesgo en aquellas mujeres que consumían niveles bajos de Omega-3. ¿Confirmaría esto la hipótesis anterior, aunque sólo fuera parcialmente?

       Sea como fuere, el beneficio de tomar suplementos de Omega-3 en el cáncer está claro,  mientras que cuando se ha llegado a un nivel elevadísimo de daño orgánico, la disminución de Omega-6 apenas aporta mejoras evidentes y rápidas, pero puede ser indispensable para una posible recuperación del enfermo, porque si continuamos manteniendo los hábitos que promocionaron la situación patológica, ¿cómo podemos pretender que deje de producirse y cambie la situación?

       Está claro que los Omega-6 y el cáncer, tienen una clara relación causa-efecto, influyendo en su patogenia y desarrollo, de forma que estos ácidos grasos actúan como promotores proinflamatorios, afectando al sistema inmunitario. Por ese motivo se utiliza cada vez más por parte de los centros médicos especializados, para predecir el tiempo de supervivencia en los cánceres, la medición de los agentes inflamatorios en el cuerpo, en lugar de basarse en el propio estado del paciente, el cual puede inducir a engaño aparente. También se está haciendo cada día más evidente, la necesidad de contrarrestar este estado inflamatorio mediante modificaciones de la dieta, incluyendo especialmente entre otros nutrientes, los Omega-3 (62), dado que el sistema farmacológico de reducir las inflamaciones, si bien en momentos puntuales pueden ser muy necesarios y útiles, tal como se ha demostrado en distintas investigaciones (63), incluso con aspirinas, tienen el problema de que paralelamente provocan importantes efectos secundarios (64).

 

En la diabetes tipo 2 

       Según el Atlas de las cardiopatías y accidentes cardiovasculares, editado por la Organización Mundial de la Salud, España es uno de los países con más prevalencia de personas que sufren diabetes asociada al riesgo cardiovascular. Estamos hablando pues, de un problema de vital importancia en la salud pública, y de gravísimas consecuencias para muchísima gente. En el año 2005, cerca de 1,1 millones de personas en todo el mundo, murieron por causas relacionadas con la diabetes.

       Dicho esto, hemos de saber también que una de las características generales de los diabéticos tipo 2 -llamada también “diabetes del adulto”-, es que antes de ser diagnosticados como tales, suelen atravesar una larga etapa prediabética, de la que casi nadie es consciente, y en la que silenciosamente se va desarrollando la enfermedad, debido mayormente, al consumo excesivo de carbohidratos refinados, de bebidas con edulcorantes y aditivos artificiales totalmente antinaturales, capaces de desconcertar a nuestro propio organismo, de grasas saturadas, etc.

       Pues bien, este exceso de azúcares que se suele ingerir, dificulta la actividad de la enzima delta-6 desaturasa –una enzima cuya función es la de facilitar las transformaciones de los distintos ácidos grasos de nuestro organismo-, provocando así, la rotura del equilibrio entre eicosanoides positivos y eicosanoides negativos, y a su vez, propiciando un terreno favorable a desequilibrios hormonales -eje insulina-glucagon-. Dicho de otro modo, los picos de insulina que se originan por una ingesta alta de carbohidratos, activan las desaturasas, de forma que el Omega-6 se metaboliza hasta AA –o sea, produciendo eicosanoides negativos- en lugar de detenerse en GLA –que aportaría eicosanoides positivos-. Ello comporta la promoción de una situación proinflamatoria, y de ahí se derivan desequilibrios circulatorios, inflamatorios o incluso inmunológicos, tal como se constató recientemente en un estudio científico realizado en el Joslin Diabetes Center, de Boston (65), en el que se estudió el comportamiento de las células T reguladoras, que abundan en el tejido adiposo abdominal en las personas con peso normal, observando que en las obesas, y también en las diabéticas, su presencia está muy reducida o ausente, provocando resistencia a la insulina.

       Este equipo científico afirmó que había que empezar a pensar en la diabetes como una enfermedad inmunológica, en lugar de una enfermedad metabólica como se ha pensado hasta ahora, así como en potenciar las propiedades antiinflamatorias de las células T. Como vemos, este estudio no hace más que confirmar lo que ya habíamos visto hasta ahora, que la diabetes de tipo 2, al igual que otras enfermedades tiene en su base patogénica, un nexo común producido por el exceso de ácido araquidónico que promueve una situación proinflamatoria sostenida en el tiempo, y que por lo tanto, aunque se desarrolla y se mantiene por vía metabólica, favorecida por el exceso de Omega-6, genera luego una situación que llega a provocar cambios inmunitarios, desencadenando en las personas genéticamente predispuestas, insulinorresistencia y diabetes de tipo 2.

       Un factor fundamental para comprender la importancia de la composición de los ácidos grasos de las membranas celulares, es este síndrome de resistencia a la insulina –la insulinorresistencia-, una importante alteración que forma parte del llamado síndrome metabólico, que propicia la aparición de la diabetes-2. Consiste en la dificultad de unión entre la insulina secretada por el páncreas y los receptores celulares, dependiendo esta dificultad, de la plasticidad o rigidez de la membrana celular, y teniendo en estos casos, una menor capacidad de unión de la insulina con su receptor, lo que conlleva una mayor resistencia a la insulina, provocando finalmente un aumento de azúcar en la sangre. Por consiguiente, es necesario mejorar la fluidez de la membrana celular rebajando los ácidos grasos saturados, que la tornan rígida, así como los Omega-6 directos, o producidos indirectamente por el exceso de hidratos de carbono, y aumentar al mismo tiempo, la ingesta de Omega-3.

       La obesidad suele ser una de las constantes más habituales en los diabéticos-2. En una investigación efectuada con ratas, llevada a cabo por el Institute for Cellular and Molecular Biology and the Division of Nutritional Sciences, The University of Texas, en Austin (66), se comprobó que al grupo que se le administró Omega-3 añadido a su alimentación, las ratas mostraron al final de estudio, estar un 25% más delgadas que las del otro grupo al que se le dio exactamente la misma cantidad de calorías, pero sin Omega-3. –confirmamos así, que cuando alguien dice que los Omega-3 le engordan, no es cierto, aunque pueda parecerlo o indirectamente favorecerla si se combina con hábitos alimenticios inadecuados-. Asimismo, se comprobó que existía una importante relación entre la alimentación de los últimos meses de gestación y lactancia, y el desarrollo posterior de la obesidad.

       Efectivamente, otra investigación también realizada también con ratones en el año 2003 (67), corroboró que demasiado Omega-6 y poco Omega-3 en periodos vitales como son los últimos meses de gestación y la lactancia, favorecía la adipogénesis –desarrollo excesivo de adipocitos, que son acumuladores de lípidos-, y por lo tanto, se favorecía la futura obesidad.

       Algunas investigaciones han demostrado que las mujeres con diabetes mellitus –que es la diabetes de tipo 1 insulinodependiente-, tienen un mayor riesgo de incidencia de cáncer de endometrio y de mama. Recordemos no obstante, que lejos de la apariencia de tratarse de enfermedades totalmente distintas, pueden surgir del nexo común proinflamatorio que favorece el exceso de Omega-6, y lo único que ocurre en estos casos, es que esta relación se hace más evidente (68).

       Otros estudios, como el titulado Dietary glycemic load, carbohydrate, sugar, and colorectal cancer risk in men and women (69), han demostrado que un alto consumo de glucosa, fructosa y sacarosa, se relacionaba con un mayor riesgo de sufrir cáncer colorrectal entre los hombres, mientras que no aumenta en las mujeres, las cuales tienen una mayor tendencia a otros tipos de cáncer, tal como hemos visto en el párrafo anterior, así como también, una mayor propensión al cáncer de páncreas, según un estudio realizado en Estados Unidos en el año 2005 (70). Existen por lo tanto, diferencias de género en cuanto a la prevalencia de los diferentes tipos de cáncer.

       Una investigación prospectiva se llevó a cabo, para relacionar el consumo de pescado con el riesgo de cardiopatía coronaria y la mortalidad entre pacientes diabéticos tipo 2. Se analizaron los datos entre los años 1980 y 1996, de más de cinco mil enfermeras diagnosticadas con esta enfermedad. Los resultados fueron concluyentes, pues se pudo comprobar que un mayor consumo de pescado con Omega-3, se asociaba con una menor incidencia en la cardiopatía coronaria y la mortalidad total entre las mujeres diabéticas (71).

       Como ya han leído al principio, los diabéticos tienen un elevado riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares. En este sentido, la revista Diabetes Care (72), informó que el aceite de pescado altamente purificado E-EPA, reducía varios factores de riesgo cardiovascular en diabéticos con síndrome metabólico de tipo 2, según un estudio realizado en un centro médico y hospital de Tokio, en el que se dividió a los participantes en dos grupos, los cuales recibieron todos una dieta estándar adecuada para la enfermedad cardiovascular. Un grupo recibió además de la dieta, 1,8 g/día de E-EPA durante tres meses, y el otro grupo siguió tomando solamente la dieta. Antes y después del tratamiento midieron el índice de masa corporal -IMC-, la concentración en el suero de EPA y de AA, así como los triglicéridos, el colesterol y algunas de sus subclases. Pues bien, al finalizar el estudio, en el grupo EPA, el nivel de EPA en el suero era más elevado, mientras que el de AA había disminuido, y por lo tanto, el ratio AA/EPA, -proporción Omega-6/3-, se había equilibrado favorablemente, además de observar que todos los factores de riesgo cardíaco habían bajado sensiblemente en comparación con el grupo de control con la dieta solamente, y que correlacionaba positivamente con reducciones de colesterol y triglicéridos. Los autores concluyeron que los resultados demostraban que el EPA altamente purificado, reduce potencialmente el desarrollo de arteriosclerosis coronarias en los pacientes con el síndrome metabólico.

       Otra interesantísima investigación referida a la arteriosclerosis (73), fue llevada a cabo con 81 japoneses con diabetes tipo 2. Se les asignó aleatoriamente al grupo tratado con 1,8g/día de E-EPA –que era el grupo experimental-, o al grupo de control. Utilizando técnicas de ultrasonido, se evaluó el estado de las arterias antes y después del estudio, midiendo el grosor de la arteria carótida y la velocidad de la onda del pulso en la arteria braquial-tobillo. Al cabo de dos años, 60 pacientes terminaron el estudio, 30 del grupo EPA, y 30 del grupo de control. Los resultados mostraron una disminución significativa del grosor de la arteria en el grupo EPA, en comparación con los del grupo de control. La velocidad de la onda del pulso también mejoró perceptiblemente en el grupo EPA respecto al grupo de control. Concluyeron los autores que según estos resultados, el E-EPA puede recuperar la arteriosclerosis y la angiopatía en diabéticos de tipo 2.

       Este estudio complementa otros que demuestran también, que el E-EPA normaliza la función de las células endoteliales (74). Esta circunstancia resulta de vital importancia, tal como demostró la Universidad de Southampton (75), cuando comprobó que los trozos liberados de las placas en las arterias, causan la mayor parte de los infartos de miocardio y cerebrales, ya que al liberarse, pueden viajar hasta el cerebro y bloquear los vasos sanguíneos que le proporcionan riego.

       Con esta muestra de estudios, se visualiza claramente el beneficio general que pueden aportar los Omega-3 a los diabéticos de tipo 2.

 

En retinopatías, degeneración macular

       Entre el 30-40% de la composición de los ácidos grasos en los fotorreceptores de la retina del ojo humano es DHA (76). Las evidencias muestran que este ácido graso poliinsaturado, juega un papel muy importante en el desarrollo y función visual del niño, y también a lo largo de la vida del adulto (77), siendo fundamental no solo para la correcta formación de la retina, sino también del cerebro, así como para las funciones neuronales cognitivas durante la etapa gestacional y postnatal (78). De ahí que hayan sido varios los autores que han comprobado en sus estudios, la importancia de que el niño reciba en el periodo de gestación y lactancia –a través de la propia madre-, la cantidad suficiente de Omega-3, especialmente DHA (77).

       No debe extrañar por lo tanto, que se haya demostrado que existe una fuerte correlación entre unos niveles bajos de DHA en pacientes con retinopatía, y la severidad de su enfermedad (79). El equipo de investigación del Department of Ophthalmology, Harvard Medical School, Children's Hospital Boston, publicó en Nature Medicine en el año 2007 (80), un estudio que demostró que los Omega-3 previenen la aparición de problemas oculares, fundamentalmente la retinopatía, ya que ayudan a controlar la angiogénesis, limitan el crecimiento anormal de los vasos sanguíneos del ojo, y además suprimen el factor de necrosis tumoral alfa.

      Por otra parte, la degeneración macular de los ojos, es la principal causa de ceguera para las personas de más de 55 años de edad en el mundo occidental. Pues bien, en el año 2001, en Archives of Opthalmology (81), publicó un estudio realizado con más de 850 participantes, en el que se comprobó que una dieta lo más rica posible en Omega-3, y al mismo tiempo más baja en Omega-6, se traducía en un menor riesgo de sufrir degeneración macular. Otra investigación realizada por la London School of Hygiene & Tropical Medicine, y publicado por American Journal of Clinical Nutrition (82), comprobó que las personas que consumían al menos 300mg diarios de DHA y EPA, tenían un 70% menos probabilidades de tener degeneración macular húmeda que aquellos que consumían menor cantidad. Y en cuanto a la llamada degeneración macular seca, también un estudio realizado el año 2008, en Maryland (83), demostró que los Omega-3 contribuían a reducir positivamente el riesgo de progresión de drusas bilaterales.

 

En la esteatosis hepática no alcohólica, hepatitis C

       La llamada enfermedad del hígado graso o esteatosis no alcohólica, es una enfermedad que puede ser causa de cirrosis hepática, y cuyo origen se estima que puede provenir de la obesidad, diabetes o hiperlipemia. Pues bien, en una interesante investigación japonesa, titulada Highly purified eicosapentaenoic acid treatment improves nonalcoholic steatohepatitis, publicada por el Journal of clinical gastroenterology en el año 2008 (84), se comprobó la eficacia y seguridad del E-EPA con 23 pacientes afectados de esteatosis hepática, a los que se le administraron 2,7g/día de E-EPA durante 12 meses. Todos los pacientes completaron la prueba sin efecto adverso y mostrando una aceptable tolerancia al E-EPA. Al cabo de este tiempo, los niveles de alanina aminotransferasa habían mejorado significativamente, y también los niveles de ferritina y tiroxina, los cuales revelan el estrés oxidativo hepático. El peso, la glucemia, la insulina y la concentración de la hormona adiponectina permanecieron sin cambios. Una biopsia de hígado realizada posteriormente en 7 de los 23 pacientes, mostró mejoras en 6 pacientes, rebajando la esteatosis, la fibrosis hepática y la inflamación lobular, por lo que se concluyó que el tratamiento con E-EPA resultaba tener propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, y parecía seguro y eficaz para pacientes con esteatosis hepática no alcohólica.

       En este mismo sentido se pronunciaron los investigadores del Department of Pathology, University of Pittsburgh School of Medicine (59), cuando en el año 2008 publicaron un trabajo sobre el cáncer de hígado. Después de obtener unos resultados muy positivos con EPA y DHA, sugirieron que podían ser un excelente medio para prevenir la esteatosis hepática no alcohólica.

       Por su parte, la hepatitis C, una de las variedades de hepatitis vírica existente, que sólo en España afecta a casi un millón de personas, aunque no todos desarrollan la enfermedad, y que puede conducir a sufrir cirrosis, cáncer de hígado, insuficiencia hepática y muerte, se suele tratar con fármacos antivirales e interferón, desapareciendo los virus de la sangre aproximadamente en un 54% de los pacientes, pero con importantes efectos secundarios por intolerancia. Pues bien, en la Universidad de Nara (85), se estudió un grupo de 24 pacientes de hepatitis C crónica, que estaban tratándose con una combinación de interferón alfa-2b pegilado, ribavirina, 300mg de vitamina E y 600mg de vitamina C. Se dividieron en dos grupos, el de control, con 12 individuos que siguieron con el mismo tratamiento, y el grupo EPA, con 12 individuos a los que se les administró además del tratamiento habitual, 1,8g/día de E-EPA. La investigación se mantuvo durante 48 semanas. A las 12 semanas de empezar el tratamiento, la enzima alanina aminotransferasa del suero, se normalizó en 8 de 12 pacientes del grupo EPA, y en 6 del grupo de control. Los linfocitos T helper -Th1- -que son unas células colaboradoras para maximizarlas capacidades defensivas de nuestro sistema inmunitario-, decrecieron después de 4 semanas en el grupo de control, pero no en el grupo EPA. Los niveles de Th1/Th2 fueron incrementados en 9 de 12 pacientes en el grupo EPA, y en 3 de 12 pacientes en el grupo de control en 8 semanas. A la vista de los resultados, los autores sugirieron que la suplementación de EPA puede ser muy útil en la terapia para la hepatitis C crónica.

 

En la dermatitis, psoriasis

       En el Centro de Dermatología y Andrología de la Universidad Justus-Liebig, en Giessen (86), se llevó a cabo en el año 1988, una importante investigación a doble ciego y aleatoriezada, participando paralelamente 8 centros europeos y 83 pacientes hospitalizados con psoriasis crónica grave. Divididos los pacientes en dos grupos aleatoriamente, se les administró por vía intravenosa durante 14 días, una preparación de Omega-3 a un grupo, mientras que al otro grupo se les administró Omega-6. Los resultados llevaron al equipo investigador, a la conclusión de que la administración intravenosa de Omega-3 era eficaz en el tratamiento de la placa de psoriasis crónica, estando relacionado este efecto con la generación de eicosanoides positivos con efectos antiinflamatorios.

      Esta misma institución (87) realizó en el año 2002, una investigación con pacientes con dermatitis atópica, en los que se había observado un aumento de AA, con la intención de verificar si el EPA podía tener un efecto antiinflamatorio debido a su antagonismo con el AA. Para ello, se realizó un estudio doble ciego, aleatoriezado y controlado con placebo, en 22 pacientes hospitalizados con dermatitis atópica moderada a severa, durante 10 días. Fueron divididos al azar, en dos grupos. En uno se les administró Omega-3, y al otro grupo Omega-6, mientras que el tratamiento tópico se limitó a emolientes. La enfermedad fue evaluada a diario con puntuación de eritema, infiltración, descamación y apreciación subjetiva del paciente. Además, se controlaron los parámetros de los ácidos grasos en plasma y en la membrana de las células sanguíneas, así como la activación de linfocitos.

       Al término de la investigación, 20 pacientes completaron el ensayo, y en ambos grupos de observaron mejoras, pero la mejora a partir del sexto día, obtuvo una mayor puntuación en el grupo Omega-3 en comparación con el Omega-6. El ácido araquidónico libre en el plasma, no cambió sustancialmente en los dos grupos, mientras que el EPA libre en el plasma aumentó, y se equilibró la proporción AA/EPA de las membranas en el grupo EPA. Los linfocitos no obtuvieron variación. Los investigadores concluyeron que el Omega-3 es muy eficaz a corto plazo, en la mejora de la severidad de la dermatitis atópica.

 

Los Omega-3 en trastornos mentales y emocionales

       Según la Organización Mundial de la Salud, los trastornos mentales son ya la segunda causa de incapacitación social en el mundo desarrollado, y los que generan un mayor gasto farmacéutico. La tendencia prevista en los próximos años es de aumento. En el año 1990 suponían un 10% de las incapacidades por enfermedad y accidente, en el año 2000 eran del 12%, y se prevé que en el año 2020, el porcentaje llegará hasta el 15%. Los más frecuentes son los trastornos depresivos, los debidos al uso de sustancias psicoactivas, la esquizofrenia, la epilepsia, el Alzheimer, el retraso mental y los trastornos de la infancia y la adolescencia. Esta situación evidencia por una parte, que las causas que los propician van en aumento, y por otra, que ni los grandes logros médicos y sanitarios actuales son capaces de frenar de forma real este aumento. Es absolutamente necesario hallar otras formulas y medidas alternativas, que ayuden a invertir esta tendencia. Los Omega-3 pueden ayudar, y mucho. Además, con una inmediatez muy notable para este tipo de afecciones.

       Paralelamente a los estudios científicos que se realizaban sobre los Omega-3 en la salud física, se fueron conociendo y experimentando paulatinamente su relevancia en la salud mental. El neuroendocrinólogo David Horrobin (1939-2003), que fue presidente de la Asociación Británica de Esquizofrenia, fue también pionero en la década de los 80 en investigar la utilidad de los Omega-3 en el tratamiento de la esquizofrenia (88). A la vista de los resultados de sus investigaciones, no tardó en sugerir el tratamiento complementario de la dislexia, depresión, esquizofrenia y Alzheimer con los Omega-3 y más concretamente con el EPA, por considerar que mejoraban y mantenían la integridad de las neuronas y favorecían la neurotransmisión. El Dr. Horrobin insistía en lo que para él era una obviedad, pero que no se tenía en cuenta, que si el cerebro no disponía de las grasas adecuadas, no podía funcionar correctamente.

       Por su parte, el Dr. Andrew Stoll, director del laboratorio de investigación psicofarmacológica del Hospital McLean, en Massachussets, y profesor de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de Harvard (89), comprobó en 1999, que los Omega-3 hacían más permeable la membrana de las células nerviosas, mejorando así, la neurotransmisión. En Francia, el Institut de Pharmacologie Moléculaire et Cellulaire, en Valbonne (90), reportó en el año 2000, los resultados de un trabajo en el que se constataron que los Omega-3 tenían claros efectos protectores neuronales.

       Más tarde, Le Laboratoire de Biologie Medicale, de París (2), hizo pública la evidencia de que no siendo los ácidos grasos Omega-3, sintetizados por el organismo, era esencial su ingestión para mantener en buen estado el equilibrio fosfolípido y la fluidez de las membranas celulares, permitiendo una buena modulación de las actividades enzimáticas, productoras y receptoras de los neurotransmisores, así como por su importancia al ser precursores de eicosanoides positivos, de forma que consideraban beneficiosa su ingestión en varias enfermedades, entre ellas el Alzheimer, la depresión mayor, la esquizofrenia y la esclerosis múltiple.

       Según el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM, de la Asociación de Psiquiatría Americana (APA), que contiene la clasificación y la descripción oficial de los trastornos mentales que es utilizada por la mayoría de los profesionales como auxiliar de consulta para el diagnóstico, 4 de las 10 principales causas de discapacidad de los países desarrollados son trastornos mentales como la depresión mayor, el trastorno bipolar, la esquizofrenia y el trastorno obsesivo compulsivo. 

       Precisamente sobre estos cuatro trastornos se pronunció, en el año 2008, la Global Neuroscience Iniciative Foundation de Los Ángeles, cuando publicó un estudio titulado Nutritional therapies for mental disorders (91), en el que se evidenciaba que los pacientes aquejados por estos trastornos son los que mayor deficiencia tienen de vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales Omega-3. Basándose en los resultados de las pruebas que realizaron, llegaron a la conclusión de que el tratamiento con estos suplementos podía ser muy apropiado para su control, así como también para los trastornos de ansiedad, de la conducta alimentaria, trastornos por déficit de atención, la adicción y el autismo. Añadieron, que teniendo en cuenta que los propios trastornos afectan negativamente en la toma de las dosis de medicamentos  por parte de los pacientes, -especialmente en los de depresión mayor y con mayor riesgo de suicidio-, era muy aconsejables administrar estos suplementos alimenticios para mejorar la predisposición y actitud de los pacientes, de forma que los psiquiatras deberían recomendar las dosis de suplementos dietéticos basadas en los estudios realizados que han demostrado su eficacia, y ajustar las dosis según los resultados obtenidos.

       Dada la abrumadora evidencia científica sobre la importancia y el beneficio que parecía derivarse de los Omega-3, en la función moduladora y facilitadora de la neurotransmisión, y en la salud mental y emocional, y gracias a las numerosas investigaciones científicas efectuadas, así como a la confianza de haber sido recomendados repetidamente como suplemento en los tratamientos psiquiátricos convencionales por distintos autores e investigadores de renombre (92), (93), (94), (2), (95), (96), (91), (97),  no podía ser de otra forma que en el año 2006, la APA (Asociación Psiquiátrica Americana), considerada la máxima autoridad psiquiátrica a nivel mundial, se vio obligada a pronunciarse. Para ello, y con el fin de asegurarse en su dictamen, constituyó previamente un subcomité de expertos con el fin de elaborar un metaanálisis de los estudios realizados hasta aquel momento sobre pacientes con depresión, trastorno bipolar, esquizofrenia, demencia, trastorno límite de personalidad, síndrome por déficit de atención con o sin hiperactividad, que verificara la validez de dichas investigaciones.

       Pues bien, aunque la metodología y los resultados de los distintos estudios que se habían realizado hasta aquel entonces eran heterogéneas debido a sus distintas características técnicas empleadas, el comité concluyó asegurando que los Omega-3 aportan un beneficio estadísticamente significativo en estos trastornos, especialmente en depresión, tanto monopolar como bipolar, y en esquizofrenia. Además, teniendo en cuenta las ventajas potenciales que aporta, en contraposición a los insignificantes riesgos demostrados, la APA acabó formulando la recomendación de usar Omega-3 como complemento de los tratamientos y prevención, y de forma especial, el EPA, y en menor medida el DHA (98).

       Sin embargo, a pesar de ello y del tiempo transcurrido, estas recomendaciones han sido ampliamente ignoradas, infravaloradas o despreciadas por muchísimos psiquiatras y profesionales de la salud, que prefieren trabajar exclusivamente con psicofármacos, a pesar de los importantes efectos secundarios que conllevan. Esta actitud, unida a las rutinas establecidas en la práctica clínica, ha provocado un “impasse” en el avance terapéutico que dura ya mucho tiempo, y que según el Dr. Horrobin (99), son 40 años el lapso de tiempo en el que apenas se ha avanzado, favoreciendo consecuentemente esta situación, el aumento de estos trastornos en la población.

       Este aumento de los trastornos emocionales y mentales, en modo alguno se puede considerar lógico o razonable, ya que disponemos de una herramienta eficaz, los Omega-3, pero que no se utiliza suficientemente. Una situación que por otra parte, tampoco debe extrañarnos si tenemos en cuenta que en nuestra sociedad moderna prevalece el tratamiento farmacológico por encima del tratamiento psicológico, aún cuando se sabe que en muchos trastornos emocionales la psicología puede aportar más y mejores soluciones que la medicación. Más adelante incluiré alguna investigación que lo demuestra.

       Por lo tanto, la actual coyuntura en la que se mueve el sistema sanitario propicia que no se preste suficiente atención a los trastornos nutricionales de los Omega, como posible e importante causa primaria o secundaria, que puede afectar de forma importante al estado y funcionalidad del sistema nervioso, siendo susceptible de confundirse, superponerse en parte o combinarse, con los factores genéticos y ambientales, ya sean desencadenantes o mantenedores de estos trastornos, y en consecuencia, se sigue aplicando la fórmula más cómoda y estandarizada de tratar estos problemas mediante fármacos que, por lo general, tienen un alto índice de efectos secundarios y una orientación eminentemente sintomática, relegando al paciente a un papel de mero espectador, sin prácticamente capacidad de agencia ni de modificación del curso de los acontecimientos, situación que se agrava cuando se crea dependencia y adición a los psicofármacos.

       Esta obsesión tan actual por medicarse por todo y para todo, provoca que muchas veces se trate farmacológicamente problemas emocionales que en realidad no requieren medicamentos, siendo todavía más grave, cuando el paciente es un niño o un adolescente, porque se le inicia en el posible vicio de la medicalización superflua o la automedicación, así como en la fármaco-dependencia, cuando muchos de estos trastornos podrían probablemente ser solucionados de una forma más natural, y en la que el paciente tuviera un papel mucho más activo y con mayor autocontrol.

       A la luz de los estudios e investigaciones que se han realizado hasta el momento, se observa la necesidad de revisar la verdadera naturaleza etiológica de algunos trastornos mentales y emocionales, según palabras publicadas en The American Journal of Psychiatry en el año 2006, por el Dr. Parker (100). Opinión que personalmente comparto, pues existe una excesiva patologización y medicalización de cualquier trastorno, especialmente los emocionales, que no se ajustan a la realidad de nuestra naturaleza humana.

       Efectivamente, habría que potenciar los tratamientos nutricionales y psicoterápicos, que permitirían sin duda, invertir la tendencia al alza de estos trastornos, a la vez que una disminución importante del gasto farmacológico. Pero como suele suceder, todos los sistemas son resistentes al cambio, y la industria farmacéutica es un gran e influyente sistema que, lógicamente, dificulta los posibles cambios, pues los psicofármacos constituyen una gran fuente de ingresos para ellos. Habría que realizar un gran esfuerzo negociador para lograr un equilibrio más paritario y justo, entre los intereses de todas las partes implicadas. Sería justo, y es necesario.

       Una vez nos hemos introducido en el contexto y en la problemática actual de los trastornos mentales y emocionales, pasemos a conocer mejor y más concretamente, algunos de los estudios realizados en trastornos mentales y emocionales concretos, que sugieren que niveles bajos de Omega-3 y especialmente de EPA, combinado con niveles altos Omega-6, se asocian con la depresión y otras enfermedades mentales. Algunos de estos estudios, muestran claramente una máxima eficacia del EPA como principal complemento en el tratamiento de la depresión, tanto monopolar como bipolar, y en esquizofrenia (98), mientras que otros muestran una mayor eficacia del DHA, por ejemplo en el Alzheimer, aunque la combinación de ambos es lo ideal.

 

En la depresión

       Según la Organización Mundial de la Salud, en el año 2020, la depresión mayor será la segunda causa de incapacidad a nivel mundial. Actualmente es ya la segunda causa de baja laboral en Europa, y sus consecuencias incapacitantes hacen disminuir enormemente la calidad de vida del individuo, así como sus perspectivas personales, sumiéndolo en un círculo vicioso difícil de salir. Y la tendencia es de claro aumento. Según la European Alliance Against (101), hasta un 15% de pacientes con trastorno depresivo se suicidan, lo que nos da una idea de lo grave que puede llegar a ser. Se cronifica aproximadamente en un 25% de los casos, y se presenta cada vez en edades más tempranas, siendo más frecuente en las mujeres que en los hombres.

       Para cambiar esta situación ante todo debería mejorarse la prevención, prestando un servicio psicoterapéutico primario más amplio a los afectados, con tal de que el afectado pueda potenciar sus propias habilidades emocionales y estrategias psicológicas, con el fin de poder afrontar mejor y activamente, las causas que pueden provocarle problemas, evitando llegar a situaciones más extremas, de las que cuesta más difícil salir. Pero además, se deberían analizar las carencias nutritivas, especialmente de Omega-3, que sumen al organismo en una situación de insuficiencia en la respuesta, ante las fuertes demandas sociales y presiones ambientales cada vez más exigentes de nuestro entorno, y que provocan que muchas personas sucumban emocionalmente, en un momento ú otro de su vida.

       Profundicemos un poco más en el contexto que envuelve el fenómeno depresivo, como expresión más genuina de los trastornos emocionales actuales, antes de pasar a analizar la acción de los Omega-3.

       Si algo distingue la sociedad actual de las anteriores, es el incremento de las actividades orientadas al ocio, la mayor facilidad para satisfacer cualquier deseo, o el acostumbramiento a la inmediatez. En teoría, estas circunstancias no deberían representar ningún problema, pero no es así, ya que comportan una serie de consecuencias no siempre positivas. Al habernos ido acostumbrando a la buena vida, a lo cómodo, a lo placentero, a lo inmediato o a lo fácil, cuando alguna cosa falla nos encontramos con que no estamos ni mental ni emocionalmente preparados, nos bloqueamos y optamos por las salidas fáciles e inmediatas, y que muchas veces, no resultan ser soluciones, sino meros “aplazamientos” del problema, arriesgándonos a que éste aumente, mientras intentamos eludirlo o evadirnos de la realidad.

       La consecuencia de esta situación suele ser el estrés y la depresión. Entonces corremos al médico y le decimos: -¡Déme algo para la depresión, por favor!-, recurriendo a la solución fácil y sintomática de los fármacos, mientras esperamos a que los problemas se resuelvan solos. Pero si éstos persisten, podemos vernos inmersos en una dinámica que, lejos de mejorar las expectativas, acaba convirtiéndonos en enfermos crónicos sin casi capacidad de maniobra, ya que la situación se escapa de nuestro control. O al menos, así lo percibimos. Es la impotencia al cuadrado.

       Pues bien, para afrontar adecuadamente estos factores ambientales que favorecen la aparición y desarrollo de la depresión, lo más aconsejable es contar con el apoyo y la ayuda de un psicólogo. Hay que empezar a desterrar la anticuada creencia de que para ir al psicólogo, “hay que estar mal de la cabeza”. La Psicología actual es una ciencia que cuenta con técnicas variadas y eficaces, para mejorar nuestro rendimiento cognitivo, y de la misma forma que se puede ir a un gimnasio a realizar “fitness” o “Pilates para mejorar el estado físico y el funcionamiento de nuestra musculatura, también podemos mejorar nuestra capacidad mental y psicológica con un entrenamiento adecuado. Si vamos a la peluquería, a la esteticista o compramos prendas que nos hagan mejorar nuestra imagen física, ¿por qué no mejorar también nuestra imagen emocional? ¿O nuestras prestaciones psicológicas? Y en el caso de que ya seamos víctimas de la depresión, ¡aún con mayor razón! debemos acudir sin ningún tipo vergüenza al psicólogo, que nos ayudará a superar nuestros problemas.

       Es muy posible no obstante, que algunos lectores piensen que la Psicología es una pérdida de tiempo. Evidentemente, puede serlo en algunos casos, pero no más de lo que puede ocurrir con cualquier otro tipo de servicio terapéutico o médico. Pongamos un ejemplo de su eficacia como botón de muestra.

       En un estudio realizado con 180 personas afectadas de depresión, se constató al final del mismo, un 70% de éxito aplicando solamente psicoterapia cognitiva, contra un 49% de éxito administrando sólo medicación antidepresiva (102). Se debe diferenciar no obstante, aquellos casos en que coexisten trastornos de personalidad además de la depresión, en cuyo caso la medicación puede tener un mayor porcentaje de éxito. Si analizamos este resultado observamos que, efectivamente, hubo personas que no tuvieron éxito, pero es que ocurrió lo mismo con los que se medicaron, ¡y con mayor cantidad de fracasos además! Por lo tanto, no se puede afirmar que la Psicología no sea eficaz. También hay que tener en cuenta, que la psicoterapia cognitiva es solamente una de las muchas técnicas utilizadas en Psicología, pero hay otras más, y por lo tanto, existen otros enfoques y estrategias técnicas que pueden permitir que la persona con problemas depresivos pueda tener su formula personalizada, capaz de ayudarle a resolver su problema.

       Pero también sabemos que al ser nuestra dieta deficitaria en Omega-3, y al mismo tiempo excesivamente elevada en Omega-6, se propicia que tengamos una menor capacidad biológica para afrontar estos problemas, y acabemos deprimiéndonos. Pongamos un sencillo ejemplo para comprender más sencillamente, el porqué de la necesidad de proporcionar Omega-3 al organismo en situaciones de mayor estrés psicológico. Además, hemos de tener presente que el estrés también afecta a las células, y éstas sufren igual que sufrimos nosotros.

       Imaginémonos un coche. Si hacemos solamente unos pocos kilómetros de vez en cuando, habrá que cambiarle el aceite del motor solo muy pocas veces. Pero si cada día hacemos un montón de kilómetros, vamos por todo tipo de carreteras y caminos, el motor sufrirá más, habrá que cambiar más a menudo el aceite y reponer la pérdida o gasto que pueda tener. Pues bien, al igual que pasa con el motor del coche, a mayor situación de estrés hay más trabajo mental y más desgaste neuronal, de forma que el aceite EPA, que conforma la membrana celular, tendrá que ser repuesto más a menudo, administrándole mayor cantidad, porque si no, no podrá afrontar toda la tensión y el trabajo al que se la somete y se bloqueará su capacidad neurotransmisora, apareciendo la depresión cuando ya no pueda modular correctamente la serotonina, igual que se puede bloquear y estropear el motor del coche, si se queda sin el aceite que necesita para funcionar correctamente.

       En el año 1986, la Clinical Research Center, University Department of Psychiatry, en Antwerp (103), realizó un estudio con mayores de 60 años, residentes en los Países Bajos, en el que se constató que cuanto más altos son los niveles de Omega-3 en la sangre, menores posibilidades tenían de estar deprimidos (104). Muchas otras investigaciones lo confirmaron y demostraron además, las propiedades terapéuticas y preventivas de este recurso natural. (105), (92), (93), (106), (107), (100), (108). Por eso, la Asociación de Psiquiatría Americana –APA-, recomendó como preventivo y tratamiento complementario a la depresión, tomar Omega-3, especialmente EPA, y en menor medida DHA.

       Demos una hojeada a algunas de las investigaciones más interesantes.

       En la MRI Unit, Imperial College School of Medicine, Hammersmith Hospital, de Londres (109), se realizó en el año 2001, bajo el título de Eicosapentaenoic acid in treatment-resistant depression associated with symptom remission, structural brain changes and reduced neuronal phospholipid turnover, una investigación en la que se agregó E-EPA, al tratamiento antidepresivo convencional de un paciente severamente deprimido y con tendencia al suicidio, con una historia de siete años de síntomas depresivos continuos. El resultado fue una mejora clínica evidente y sostenida en el plazo de un mes, de todos los síntomas depresivos, cesando incluso las ideas suicidas que previamente eran constantes. Asimismo, los síntomas de fobia social también mejoraron de forma clara y evidente.

       Aunque este caso sea individual y por tanto no puede ser considerado representativo, arroja datos muy interesantes, porque además de la mejoría sintomática experimentada, las imágenes registradas en la resonancia magnética que se realizaron después de nueve meses de tratamiento, demostraron cambios estructurales en el cerebro con una reducción en el volumen de los ventrículos laterales, recuperando tejido cerebral. El Dr. Puri, responsable de este estudio, concluyó que el EPA puede estimular las células madre del cerebro para producir nuevas células nerviosas, ofreciendo así esperanza para una amplia variedad de dolencias. ¡Y esto resulta importantísimo!

       En los últimos años, y en este mismo hospital, se han ido desarrollando y mejorado las técnicas de IRM –imagen por resonancia magnética-, ya que consideran que debería ser utilizada por los investigadores que estudian las ventajas del tratamiento con los ácidos grasos omega-3, para corroborar visualmente su eficacia (110), hecho que por otra parte, ha sido ampliamente comprobado en otros estudios en los que también se había administrado EPA, verificándose cambios estructurales. (111).

       En un estudio llevado a cabo en el año 2002, por el Ministry of Health Mental Health Center, Faculty of Health Sciences, Ben Gurion University of the Negev (112), en el que se incluyó a 20 personas con depresión recurrente, un grupo de psiquiatras analizó los efectos el E-EPA. Los pacientes estaban deprimidos a pesar de la medicación antidepresiva y no mejoraban en el momento de entrar en el estudio. Se les dividió en dos grupos, y recibieron al azar una cápsula de E-EPA o de placebo además de la medicación que estaban tomando todos, según fueran del grupo experimental, o del grupo de control. Después de cuatro semanas, seis de los diez pacientes del grupo E-EPA y sólo uno del grupo placebo habían reducido significativamente los síntomas de depresión. El efecto del E-EPA fue evidente y significativo desde la segunda semana. A las tres semanas no obstante, se había observado ya que el mal humor, el sentimiento de culpa y el insomnio habían mejorado.

       En el departamento de Psiquiatría de la Universidad Sheffield (113), setenta personas con depresión resistente al tratamiento con antidepresivos, fueron elegidas aleatoriamente y divididas en cuatro grupos para recibir durante 12 semanas el E-EPA, en dosis de 1g, 2g o 4g al día, o placebo, como complemento de su medicación antidepresiva. El 60% del grupo 1g de E-EPA experimentó una mejora clínica significativa (al menos una reducción del 50% de la escala de depresión de Hamilton), el 25% del grupo placebo también mejoró significativamente, pero los grupos E-EPA de 2g y 4g no consiguieron ninguna mejora estadísticamente significativa. El resultado evidenció que la dosis más eficaz era la de 1g diario, y tomar más dosis, no aportaba necesariamente resultados positivos.

       En el departamento de Psiquiatría del China Medical Hospital, de Taichung, el Dr. Kuan- Pin (94)  realizó un estudio doble-ciego de 8 semanas sobre 28 pacientes con depresión mayor, a los que se les administró 9,6g de omega-3 o placebo. Al finalizar el estudio, el grupo omega-3 había obtenido mejores resultados en la Escala Hamilton para la depresión, que el grupo placebo.

       El psiquiatra C. R. Casper, de la universidad norteamericana de Stanford (114), publicó el año 2004 en la revista Current Psychiatry Reports, que los estudios controlados con placebo en pacientes tratados con antidepresivos sugerían que una terapia complementaria con EPA mejoraba claramente los síntomas de la depresión grave.

       Por su parte, The International Journal of Neuropsychopharmacology publicó un estudio titulado Ethyl-eicosapentaenoate and dexamethasone resistance in therapy-refractory depression (115), en el que admitía que no se conoce bien el mecanismo de acción del EPA en la depresión, pero aseguraba que el E-EPA tiene un efecto clínico marcado cuando se utiliza como terapia complementaria en la depresión, a tenor de las evidencias acumuladas.

       Como hemos visto anteriormente, Le Laboratoire de Biologie Médicale, en París (2), hizo publica su convicción, de que no siendo los ácidos grasos omega-3 sintetizados por el organismo, era esencial su ingestión para mantener en buen estado el equilibrio fosfolípidos y la fluidez de las membranas celulares, permitiendo así, una buena modulación de las actividades enzimáticas, productoras y receptoras de los neurotransmisores, en este caso de la serotonina, de forma que consideraban muy beneficiosa su ingestión para la depresión mayor.

       En un estudio titulado Relationship between omega-3 fatty acids and plasma neuroactive steroids in alcoholism, depression and controls, que relacionaba alcoholismo y depresión, realizado en el año 2006 (116), se analizaron los niveles plasmáticos de ácidos grasos esenciales de cadena larga y neuroesteroides –unos productos químicos neuroactivos implicados en procesos y enfermedades neurofísicas- de 18 personas sanas y 34 con alcoholismo, depresión o ambos problemas a la vez. Los resultados mostraron que, quienes tenían los niveles más bajos de ácidos grasos Omega-3 mostraban los niveles más altos de neuroesteroides, así como la afectación del eje hipotalámico-hipofisariosuprarrenal, que es la parte del sistema neuroendocrino que controla las reacciones al estrés, y regula la respuesta endocrina, inmunológica, emocional y energética.

       Pero los Omega-3 no solo muestran su eficacia en la depresión de los adultos, sino también en los niños. En un estudio piloto llevado a cabo el 2006, en Israel por la Faculty of Health Sciences, Ben Gurion University of the Negev (117), demostró que la ingestión de omega-3 como monoterapia durante un mes por parte de niños de entre 6 y 12 años con depresión, obtuvo mejoras significativas sobre varias de las escalas CDRS, concluyendo que había quedado demostrado que la ingestión de Omega-3 puede tener ventajas terapéuticas en la depresión de la niñez.

       En el año 2007, fue presentado en la American Psychosomatic Society (118), un estudio realizado por el Department of Psychiatry, University of Pittsburgh, School of Medicine, en Pittsburgh, que mostraba cómo los ácidos grasos omega-3 podían propiciar cambios estructurales beneficiosos en las zonas del cerebro reguladoras de las emociones. 55 personas sanas fueron sometidas a sendas resonancias magnéticas, para verificar el volumen de la materia gris en partes concretas del cerebro, relacionándolo con la ingesta de omega-3 de sus dietas. Los resultados mostraron que los sujetos que más omega-3 consumían en su dieta, evidenciaban un mayor volumen de materia gris en las áreas del cerebro, especialmente la zona cortico-límbica, concluyendo finalmente, que estas grasas podían tener efectos beneficiosos sobre la memoria y la regulación del estado de ánimo.

       En esta misma línea se pronunciaba el estudio titulado “Nutritional therapies for mental disorders” que realizó la Global Neuroscience Iniciative Foundation, de Los Ángeles (91). En él que se constató, que los pacientes con depresión tenían déficits de vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales omega-3, por lo que recomendaron su utilización como suplementos alimenticios.

       Un importantísimo y clarificador trabajo fue publicado por el Australian and New Zealand Journal of Psychiatry (119). Los participantes, personas con depresión mayor, fueron divididos en tres grupos. Durante 8 semanas administraron al primer grupo 20mg diarios de fluoxetina, al segundo grupo 1000mg diarios de EPA y al tercer grupo la combinación de ambos. Al término de este tiempo, la mejora de los indicadores de la depresión fue del 50%, 56% y 81% para cada grupo respectivamente, siendo la conclusión del estudio que la complementación de fluoxetina con EPA mejora significativamente los resultados en el tratamiento de la depresión severa. Sin embargo no se puede obviar que el EPA superó el nivel de mejora conseguido en el grupo fluoxetina, con las ventajas añadidas de que no comporta efectos secundarios como ésta, y que en lugar de inhibir temporalmente la recaptación de la serotonina, lo que hace es nutrir la membrana celular, consiguiendo que ésta recupere parte de su funcionalidad y capacidad moduladora de la neurotransmisión, rehabilitándola. Esta capacidad natural del EPA combinada con la acción de la fluoxetina, explicaría que su se consiga un resultado conjunto del 81%, un más que apreciable 31% mayor que el resultado obtenido con fluoxetina sola.

       Vemos claramente pues, la eficacia comprobada que se puede conseguir en casos graves, si se combinan los Omega-3 con medicamentos, y lo inconsistente que resulta la actitud de algunos psiquiatras, de no querer complementar sus tratamientos farmacológicos.

       Pese a los evidentes resultados positivos de los Omega-3, la curiosidad científica hace que se vayan realizando más investigaciones para descubrir cuáles pueden ser los mecanismos íntimos de actuación, o qué parte de responsabilidad pueden tener el DHA y el EPA, en los efectos beneficiosos sobre los trastornos depresivos. Algunos autores sugerían que al ser el DHA el más abundante en el cerebro, podría jugar un papel importante en la depresión (120), (121), mientras que otros requerían precaución y más investigaciones para comprobarlo (122). Lo cierto es que diversos resultados obtenidos mostraron que el DHA no era efectivo en la depresión mayor, mientras que el EPA sí lo era, de ahí que la propia Asociación de Psiquiatría Americana –APA-, optara por recomendar EPA en mayor cantidad que DHA, para este tipo de trastorno y la esquizofrenia. Pero también hay quien recomienda suministrar EPA de forma aislada, para conseguir mejores resultados en depresión, ya que de esta forma, las moléculas de EPA no entran en competencia con las de DHA por los mismos receptores celulares, y así sus efectos son más nítidos y eficaces.

       Un ejemplo de esto lo hallamos en un artículo del Current opinion in investigational drugs, de Londres, con el título The role of omega-3 fatty acid in mood disorders (123). Explica los resultados de un análisis de 12 estudios de intervención utilizando E-EPA y DHA en la depresión unipolar y bipolar. En cuatro de los siete estudios llevados a cabo en individuos deprimidos y en dos de los cinco en pacientes bipolares, tuvieron un resultado positivo después de la suplementación con E-EPA, mientras que en tres pruebas llevadas a cabo con DHA, no hubo ningún resultado significativo.

       La Universidad de Lakehead, en Ontario (124), realizó un estudio en que se analizaron las investigaciones realizadas antes de abril de 2007, y comprobaron que si bien las muestras de participantes eran más bien pequeñas, dichas investigaciones fueron bien diseñadas, de forma que se pudo deducir, que la suplementación con EPA solo, era más eficaz que la administración de Omega-3 o de DHA, especialmente en la depresión y la esquizofrenia.

       Otro de estos estudios sin resultados para el DHA en la depresión, fue llevado a cabo por el departamento de Psiquiatría del Baylor Colegio de Medicina, en Houston (125). 36 pacientes deprimidos fueron divididos en dos grupos. Al primero se le administró 2g al día de DHA, mientras que al segundo grupo se le administró placebo. A las 6 semanas, el grupo DHA tuvo un 27,8% de respuesta positiva, mientras que el grupo placebo lo hizo un 23,5%. La conclusión fue que la diferencia entre ambos grupos era demasiado pequeña como para ser significativa.

       En este mismo línea, un estudio doble-ciego realizado en el Centro de Investigación de nutrición de niños, en Houston (126), suministró durante 4 meses a mujeres que amamantaban divididas en dos grupos, 200mg de DHA o placebo. Al cabo de este tiempo se confirmó que se previno la habitual disminución de DHA en el plasma, durante el amamantamiento, cosa importantísima para que la leche materna contenga el DHA imprescindible para una buena formación cerebral y de la retina del niño, pero no se encontró mejora alguna en los síntomas de depresión postparto en la madre. Esta habitual disminución de DHA en la leche de las madres con depresión postparto también fue constatada en otro estudio estadounidense (127). Asimismo, en el año 2008 (128), se suministraron 1,9gr diarios de omega-3 a 51 mujeres con depresión posparto durante 8 semanas, no observándose ninguna diferencia significativa.

       Este resultado en la administración conjunta de DHA y EPA, que tampoco fue eficaz en la depresión postparto, coincide con las que se administró solamente DHA, y también con el estudio que se llevó a cabo la Osaka Maternal and Child Healt (129), en el que se estudió la dieta durante el embarazo de 865 mujeres japonesas, no observándose ninguna asociación clara entre la ingesta de pescado y la prevención de la depresión postparto, lo que nos hace pensar que en este trastorno, el peso del factor psicológico, puede ser más importante que el biológico y nutritivo.

 

En el trastorno bipolar

       El departamento de Psiquiatría de Harvard Medical School (89), diseñó un experimento dos veces ciego, placebo-controlado, comparando Omega-3 en dosis de 6,2g de EPA y 3,4g de DHA diarios, contra placebo -aceite de oliva-, además de tratamiento habitual en 30 pacientes con trastorno bipolar. El análisis de supervivencia de Kaplan-Meier encontró que el grupo Omega-3 tenía un período considerablemente más largo de remisión y mejora de la enfermedad, que el grupo placebo. La conclusión fue que el tratamiento con Omega 3 mejoraba el curso a corto plazo de la enfermedad y que era bien tolerado, siendo los únicos efectos adversos algunas perturbaciones de estómago y un cierto sabor a pescado en la boca en algunos pacientes.

       Asimismo, un estudio posterior, realizado por Harvard Medical School (93) también mostró el beneficio de complementar el tratamiento del desorden bipolar con Omega-3, pues 9 de 14 pacientes adultos bipolares respondieron al tratamiento.

       Un estudio demográfico titulado Cross-National Comparisons of Seafood Consumption and Rates of Bipolar Disorders (130), y publicado en  The American Journal of Psychiatry el año 2003, analizó las correlaciones entre el predominio de desórdenes bipolares en la población con respecto al consumo de omega-3 proveniente de mariscos. Los resultados confirmaron una correlación positiva, de forma que a mayor consumo de mariscos, y consecuentemente de Omega-3, menos presencia de enfermedad bipolar en la población.

       Otro trabajo publicado por The British Journal of psychiatry (131), en el año 2006, demostró mediante sus resultados clínicos, confirmados por la resonancia magnética, que el E-EPA actúa en el cerebro de la misma manera que el litio, estabilizando sus emociones. Se administró a un grupo de bipolares 1g al día, al segundo grupo 2g al día, y al tercer grupo placebo. Los resultados mostraron que había una mejora significativa en los grupos tratados con E-EPA respecto al grupo placebo.

       En este sentido, un estudio constató también, que una alta ingesta de EPA, puede no ser eficaz, y no comportar beneficio alguno. Fue llevado a cabo por la University of Cincinnati College of Medicine and the Mental Health Care Line, en Ohio (132). Se administraron 6g diarios de EPA durante 4 meses a enfermos bipolares. El resultado fue que en general, no se encontró evidencia de eficacia con el tratamiento complementario de EPA con respecto al grupo placebo. Contrasta llamativamente este resultado con el de otras investigaciones realizadas con menor cantidad, en las que sí hubo resultados significativos. Quizás sea que el EPA sólo tiene eficacia en menor cantidad, o que en este tipo de patología, necesite la colaboración del DHA.

       Estas limitaciones en los resultados que muestran algunos estudios, pueden ser debidas a las características de los propios diseños de las investigaciones y las distintas variables estudiadas, pero también a las características personales y patológicas de algunos pacientes, ya que aunque todos ellos tengan el trastorno bipolar, no todos tienen el mismo nivel de afectación, ni de otros problemas de salud concurrentes, que pueden incidir de forma importante en el problema, más teniendo en cuenta la misma base común proinflamatoria que tienen muchas de ellas, provocando posibles interacciones entre si.

       Así pues, las diferencias individuales en estos casos, pueden muy importantes de cara a la dificultad de obtener resultados uniformes y generalizables.

 

En el trastorno límite de la personalidad: Borderline

       En el año 2003, The American Journal of Psychiatry (133) publicó un estudio realizado en Harvard, cuyo objetivo era comparar la eficacia del E-EPA en el tratamiento de 30 mujeres con trastorno límite de la personalidad. Se realizó un diseño placebo-controlado, doble ciego durante 8 semanas. 20 mujeres escogidas al azar fueron asignados para tomar 1g/día de E-EPA, mientras que a las 10 restantes se les dio placebo. El 90% de las pacientes de los dos grupos completaron las 8 semanas de prueba. Los análisis finales demostraron que los resultados del E-EPA eran muy superiores al placebo, y por lo tanto, los investigadores concluyeron que el E-EPA podía ser una forma natural y eficaz de monoterapia para mujeres con trastorno borderline.

       En la actualidad, el Hospital Universitari Vall d'Hebron Research Institute, de Barcelona, está llevando a cabo un estudio titulado Efficacy of Omega-3 Fatty Acids on Borderline Personality Disorder, el cual está previsto que finalice en septiembre del año 2011. El motivo de la investigación es comprobar que una formula compuesta de E-EPA + E-DHA pueden constituirse como nuevo tratamiento para este trastorno, que tenga como consecuencia la remisión del mismo, es decir, que “cure”, ya que los tratamiento más efectivos que se utilizan actualmente para combatir esta enfermedad, que son la psicoterapia cognitivo-conductual y la farmacoterapia, comportan solamente mejoras de algunos síntomas, pero no su remisión, según afirman los autores de la investigación.

 

En la esquizofrenia 

       Diversos autores sugirieron durante hace años, la existencia de una estrecha relación entre los ácidos grasos omega-3 y la esquizofrenia (134), (135), (136), (92), (93). Incluso el Dr. Peet propuso la revisión de la etiología –que significa revisión de las causas-, de este trastorno mental (137).

       En el año 1989, el Dr. Horrobin realizó un estudio (138) en el que complementó con Omega-3 el tratamiento de pacientes psiquiátricos con desórdenes de movimiento, especialmente esquizofrénicos. Se pudo observar la evidencia de que el efecto antidiskinético fue ligeramente significativo, aunque no clínicamente importante. No obstante, el tratamiento produjo mejoras muy significativas en diversas subescalas de la esquizofrenia y la memoria.

       Por su parte, los doctores Richardson, de la Universidad de Oxford, y Puri, del Hospital Hammersmith (139), trataron a un paciente esquizofrénico y disléxico de 30 años, con alucinaciones auditivas diarias, que tuvo su primer brote a los 19 años y durante 10 años mantuvo el modo típico de vida de un esquizofrénico parado, de un suburbio de Londres. Las imágenes de IRM –imagen por resonancia magnética-, mostraban que sus ventrículos aumentaban lentamente de tamaño, indicando una pérdida progresiva de tejido cerebral. El paciente empezó a tomar 2g de EPA al día. A las 8 semanas sus delirios y alucinaciones habían disminuido y se sentía más despierto. El aspecto de su piel y pelo había mejorado, así como en todos los grados de las escalas psiquiátricas. La dislexia también mejoraba, y todo ello sin efecto adverso alguno. A los 12 meses ya no aparentaba ser un esquizofrénico, y a los 3 años volvió a la universidad. Las imágenes de su cerebro revelaron una reducción del tamaño de los ventrículos y un aumento del tejido cerebral (140).

       En este mismo hospital se han ido desarrollando y mejorando las técnicas de IRM, ya que consideran que esta técnica debería ser utilizada por los investigadores que estudian las ventajas del tratamiento con los ácidos grasos omega-3, para corroborar visualmente su eficacia (141) y comparar los resultados de otros estudios en los que se ha administrado EPA y que igualmente se han visualizado cambios (111).

       Schizophrenia Research publicó en el año 2001, un trabajo titulado Two double-blind placebo controlled pilot Studies of eicosapentaenoic acid in the treatment of schizophrenia (142). Se realizaron dos estudios a doble ciego y placebo controlado, con el fin de distinguir entre los posibles efectos de dos diferentes omega-3, el EPA y el DHA. En el primer estudio, 45 personas esquizofrénicas estables que seguían sintomáticos con medicación antipsicótica fueron divididas en tres grupos, administrándoles durante 3 meses, EPA a uno de los grupos, DHA a otro, y al tercer grupo placebo. Al término de este tiempo, el grupo EPA obtuvo una notable mejoría superior a los otros grupos. En un segundo estudio, se utilizó EPA como único tratamiento aunque se permitió el uso de antipsicóticos si era clínicamente necesario. Los que tomaron EPA obtuvieron puntuaciones más bajas en la escala PANSS, que mide los síntomas positivos y negativos de los esquizofrénicos, que el grupo placebo, lo que llevó a la conclusión de los investigadores que el EPA puede representar un nuevo enfoque de tratamiento para la esquizofrenia, requiriendo una investigación a gran escala de ensayos controlados con placebo.

       El departamento de Psiquiatría de la Universidad de Stellenbosch en Tygerberg (143), realizó un estudio como tratamiento suplementario de la esquizofrenia. 40 pacientes con síntomas persistentes y con más 20 años de antigüedad de los mismos, que habían recibido un mínimo de 6 meses de tratamiento antipsicótico, el cual se continuó durante la experiencia. Fueron divididos aleatoriamente en dos grupos, uno con 3g de E-EPA al día y el otro grupo placebo, durante un período de 12 semanas. Al cabo de este tiempo, el grupo tratado con E-EPA obtuvo una notable reducción en los síntomas positivo y negativo en las escalas de los resultados totales y en los resultados de diskinesia, que el grupo tratado con placebo. El resultado sugirió que podía ser efectivo y bien tolerado el E-EPA como complemento en los tratamientos de esquizofrenia.

       La Division of Biochemical Sciences, en Pune (144),  (145), realizó un estudio con 33 sujetos esquizofrénicos, durante 4 meses, a los que les administró una mezcla de EPA/DHA (180/120mg) y vitaminas E/C (400 IU/500mg) dos veces al día, y fueron comparados con el grupo de control de 45 sujetos. Al cabo de este tiempo, el grupo tratado con omega-3 había reducido significativamente las escalas psicopatológicas.

       Un equipo de psiquiatras del Research Centre, Department of Psychiatry of Melbourne, publicó en la International review of psychiatry el año 2006, (146) un trabajo en el que comprobaron mediante diversas pruebas y análisis, la gran importancia de los lípidos bioactivos en la membrana celular, así como para la modulación neurotransmisora, ya que según el resultado de dichas pruebas se explicaba, aunque fuera sólo parcialmente, el mecanismo de acción de los agentes antipsicóticos y agentes experimentales como el EPA. Concluyeron recomendando la suplementación con EPA en la medicación antipsicótica de los enfermos graves de esquizofrenia, y destacando su potencial empleo en la prevención.

       Esta misma universidad hizo público al año siguiente, los resultados de un estudio realizado con 80 personas, a doble ciego con placebo controlado, en el que se investigó si el E-EPA mejoraba la eficacia antipsicótica y tolerabilidad en la psicosis de primer episodio (147). Se concluyó que el E-EPA puede acelerar la respuesta de tratamiento y mejorar la tolerabilidad de las medicaciones antipsicóticas, aunque no se podía garantizar una ventaja en pacientes de primer episodio, debido probablemente a un efecto de techo, ya que una proporción de pacientes de primer episodio alcanzaba la remisión sintomática con la medicación antipsicótica sola. En investigaciones complementarias posteriores (148), comprobaron que la ingestión de E-EPA correlacionó con cambios metabólicos cerebrales en los dos hemisferios relacionados con la disponibilidad de glutatión y con la modulación del ciclo glutamina/glutamato, y con una mejora de los síntomas psicóticos en la psicosis de primer episodio, por lo que concluyeron que los efectos metabólicos del EPA en el cerebro están garantizados.

       En un trabajo que hizo publico en el año 2007 la Universidad de Lakehead, en Ontario (124), se comprobó que la suplementación con EPA era más eficaz que la administración de omega-3 o de DHA, especialmente en la depresión y la esquizofrenia.

       Asimismo, la esquizofrenia fue objeto también de estudio en “Nutritional therapies for mental disorders” que realizó Global Neuroscience Iniciative Foundation (91). Se constató que los pacientes de este trastorno mental tienen déficits de vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales omega-3, por lo que recomendaron su utilización como suplemento alimenticio. Pero como hemos podido comprobar en los distintos estudios, la eficacia es mayor si se administra EPA solo, que si se la acompaña de DHA.

 

En la dislexia

       La Dra. Stordy de la Universidad de Surrey (149), en su estudio titulado Dark adaptation, motor skills, docosahexaenoic acid, and dyslexia, manifestó su convencimiento de que la dislexia, dispraxia y la hiperactividad, tienen como base en común, un déficit de omega-3, aunque debido a lo pequeño de la muestra empleada, ya que fue realizado solamente con diez jóvenes disléxicos, los resultados, positivos y esperanzadores, no podían ser generalizados, por lo que sugirió más investigaciones aclaratorias y amplias.

       Pero como ya hemos visto antes en el apartado dedicado a la esquizofrenia, los investigadores A. Richardson, de la Universidad de Oxford, y B. Puri, psiquiatra del Hammersmith Hospital (139), que trataron a un paciente esquizofrénico y disléxico de 30 años y con un historial de 12 años, después de tomar 2g de EPA al día, a las 8 semanas su dislexia había mejorando, volviendo posteriormente el joven a la universidad.

       En el año 2007,  se realizó en Suecia una investigación con 20 niños disléxicos, cuyos resultados fueron publicados por el Journal of medicinal food (150). Durante 5 meses se suplemento la alimentación de estos niños, con DHA. Se midieron distintas variables como la velocidad de lectura, comprensión de los textos, así como el beneficio percibido en el trabajo escolar en general. Al cabo de los 5 meses, la mayoría de los niños que habían tomado el suplemento de DHA, habían mejorado positivamente todos estos parámetros, en relación a los observados generalmente en los disléxicos.

 

En el síndrome déficit de atención (TDA/H)

       Como hemos visto anteriormente, la Dra. Stordy (149) en su estudio titulado Dark adaptation, motor skills, docosahexaenoic acid, and dyslexia, manifestó su convencimiento de que la dislexia, dispraxia y la hiperactividad, tenían una base en común que era un déficit de omega-3. Pero también otros autores han sugerido esta estrecha relación entre éstos ácidos grasos de cadena larga y el déficit atencional en concreto (93).

       En la investigación titulada Omega-3 fatty acid status in attention-deficit/hyperactivity disorder, realizada en la Universidad de Purdue, en Indiana (151), se hallaron un exceso de grasas saturadas y un nivel más bajo de omega-3 en niños con TDAH. En este mismo sentido se pronunció el estudio anteriormente citado con el título “Nutritional therapies for mental disorders” (91), en el que se constató que los pacientes de este síndrome tienen déficits de vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales omega-3, por lo que recomendaron su utilización como suplemento.

       En un reciente estudio realizado en Australia el año 2009, por la School of Health Sciences, University of Wollongong (152), se comprobó que los niños con TDAH, comían la mitad de pescado, que la media de los niños australianos, según los datos de la Encuesta Nacional de Nutrición.

       Observamos por lo tanto, que las evidencias de una carencia nutricional de Omega-3 en el TDAH, y por lo tanto su posible eficacia para prevenir o tratar este síndrome, tienen un buen fundamento. Sin embargo, en algunos estudios como por ejemplo el publicado por el Journal of child and adolescent psychopharmacology el año 2009 (153), se obtuvieron resultados contradictorios en la utilización de Omega-3 para mejorar el trastorno, a pesar de que se observaron mejoras. Es decir, tenemos una incongruencia, ya que por una parte hay unos déficits de Omega-3, comprobados experimental y epidemiológicamente, y por otro parte tenemos que una suplementación con Omega-3 da buenos resultados pero son “contradictorios” o insuficientes. La explicación más plausible es que los diseños experimentales no eran suficientemente adecuados. En algunos, utilizaron conjuntamente Omega-3 combinados con Omega-6, en otros, la cantidad de Omega-3 administrada solía ser demasiado baja como para ser significativamente efectiva, y además, el tiempo de experimentación quizá fue demasiado corto. Evidentemente esta situación exige seguir investigando. No obstante no podemos dejar de preguntarnos, que si se han observado algunos beneficios y mejoras, y no se han observado efectos secundarios negativos ¿por qué no probarlo? 

 

En la anorexia nerviosa

       En el Reino Unido se realizó un estudio aleatoriezado (154) con siete pacientes anoréxicas, en el que se administró 1gr al día de E-EPA además del tratamiento médico estándar, durante 3 meses. Al cabo de este tiempo, tres se habían recuperado y cuatro habían mejorado. Concluyeron que el tratamiento con E-EPA era efectivo en este trastorno.

       Hemos visto anteriormente, que el estudio “Nutritional therapies for mental disorders” de la Global Neuroscience Iniciative Foundation, de Los Ángeles (91), también constató que los pacientes de este trastorno mental tienen déficits de vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales omega-3, por lo que recomendaron su utilización como suplemento.

 

En el Alzheimer y demencias

       Diversos han sugerido la correlación positiva entre los ácidos grasos omega-3 y algunos tipos de demencia como Alzheimer (88) (92) (93) (2). Sin embargo, se evidencia que obtener una mejora que se haga suficientemente patente puede requerir un tratamiento largo en el tiempo, o simplemente no se observen. En este sentido, al finalizar un estudio que realizó el Michael Carlisle Centre, Nether Edge Hospital, administrando E-EPA durante 12 semanas, no se apreciaron mejoras clínicamente significativas (155).

       Este resultado, junto con otro realizado en el Rush Alzheimer's Disease Center, en Chicago el año 2003 (156), podrían indicar que además de requerir un tratamiento largo, es quizá el DHA el que puede tener una mayor efectividad en esta gravísima enfermedad, ya que llevaron a cabo un estudio prospectivo de una muestra de 815 pacientes, a los que siguieron durante 3,9 años. Al cabo de ese tiempo, comprobaron que 131 pacientes desarrollaron Alzheimer, observando que los participantes que consumían pescado una vez por semana o más, tenían un 60% menos de riesgo de sufrir la enfermedad, en comparación con aquellos que nunca o raramente comían pescado. Y comprobaron además, que esta disminución se relacionaba con el DHA, y no con el EPA.

       En el año 2009, el Dr. Albanese, del King’s College London, publicó en The American Journal of Clinical Nutrition (158), los resultados de una investigación realizada con más de 15.000 participantes mayores de 65 años, residentes en  cinco países de América Latina, China e India, buscando confirmar la evidencia de la relación entre el consumo de pescado y el riesgo de demencia. Sus resultados fueron concluyentes, y confirmaron una reducción del 20% en dicho riesgo.

       En el año 2008 se publicó en The Journal of the Alzheimer’s Association, una investigación realizada por el Department of Brain and Cognitive Sciences, Massachusetts Institute of Technology, en Cambridge (157), verificándose que mediante la ingesta oral de DHA, se conseguía promover la síntesis de nuevas sinapsis cerebrales que compensaban la característica pérdida sináptica de los enfermos de Alzheimer ú otras enfermedades neurodegenerativas, y también de utilidad en casos de lesión vascular o accidente cerebrovascular, reconociendo no obstante, que a pesar de estos efectos benéficos demostrables, los mecanismos neuroquímicos que se producían eran aún inciertos.

       ¿Pero, vamos a esperar a saberlo todo sobre su funcionamiento para utilizarlo, cuando se ha evidenciado claramente su beneficio y su carencia de efectos secundarios? ¡Por Dios!

              

En la enfermedad de Huntington 

       Un estudio titulado Ethyl-EPA in Huntington disease: a double-blind, randomized, placebocontrolled trial, se realizó en el Hospital de Hammersmith, de Londres (159), con 7 pacientes hospitalizados por la enfermedad de Huntington en estado avanzado (grado III). A tres se le administró E-EPA, y a cuatro placebo. Después de 6 meses, todos los pacientes del grupo E-EPA habían mejorado la escala UHDRS que se utilizó para valorar su estado, mientras que el grupo placebo la habían empeorado. Las exploraciones de IRM  cerebrales, mostraron la atrofia progresiva cerebral en el grupo placebo, mientras que en el grupo E-EPA esta asociación resultó invertida, concluyendo que el E-EPA tiene efectos benéficos en la enfermedad y cambios verificables en la IRM.

       Posteriormente, en este mismo hospital se llevó a cabo otra investigación (160), realizada con 135 pacientes con enfermedad de Huntington, en un estudio doble-ciego, en un grupo E-EPA y en el otro placebo. Un total de 121 pacientes completaron 12 meses. El análisis estadístico no aportó ninguna diferencia significativa entre el E-EPA y el placebo en la subescala TMS4 de la escala UHDRS, pero el análisis exploratorio reveló que un número más alto que el mostrado por la cohorte del protocolo, había estabilizado o mejorado la función motora, concluyendo que la eficacia potencial del E-EPA estaba garantizada. En estudios posteriores (161), se ha desarrollado mejor las técnicas de resonancia magnética para investigar los cambios en la estructura cerebral que se producen como consecuencia de la intervención de EPA en este tipo de trastornos.

       Con el título Ethyl-EPA in Huntington disease: potentially relevant mechanism of action (162), se publicó un estudio en el Brain research bulletin, en el que los autores también confirmaron la eficacia del E-EPA en la enfermedad de Huntington y en la depresión, ya que en sus pruebas los pacientes habían mejorado los síntomas de la enfermedad. Su eficacia por lo tanto, es evidente.


En el comportamiento agresivo y antisocial

       El Laboratorio de Fisiología de la Universidad de Oxford (163), realizó un estudio aleatorio controlado con placebo y a doble ciego con 231 prisioneros jóvenes adultos, que demostró que la suplementación de las dietas de los presos con dosis fisiológicas de vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales, causaba una notable reducción de su comportamiento violento y antisocial.

       Otro trabajo llevado a cabo en Auckland en el año 2004 (18), en el que se realizó una evaluación dietética de 3581 jóvenes, concluyó que los resultados sugerían que la alta ingesta de ácidos grasos omega-3, y en especial DHA, puede ser relacionada con la baja probabilidad de conducta hostil en la edad adulta del joven. En este mismo sentido se pronunciaron los responsables del estudio llevado a cabo en Maryland, titulado A replication study of violent and nonviolent subjects: cerebrospinal fluid metabolites of serotonin and dopamine are predicted by plasma essential fatty acids (164), pero manifestando que a pesar de las evidencias positivas, era necesario investigar mejor si los ácidos grasos omega-3 pueden influir en el sistema nervioso central y en la neurotransmisión, relacionada con los comportamientos impulsivos y violentos, así como en el suicidio.

       Los conocimientos actuales permiten contestar afirmativamente a la pregunta formulada por estos científicos, y aunque evidentemente, las investigaciones nunca sobran, y si pueden aportar más luz a nuestro conocimiento, tanto mejor, las evidencias de los resultados positivos, aunque sean pocos, y la certeza de que los Omega-3 mejoran la neurotransmisión, constituyen una realidad que se puede aprovechar sin más dilación, para mejorar estos trastornos a corto y a largo plazo, y disminuir sus importantes consecuencias.

 

En el síndrome de fatiga crónica

       La Clinical Research Center for Mental Health, de Antwerp (165), analizó los niveles de ácidos grasos omega-3 en plasma de 22 pacientes de síndrome de fatiga crónica –CFS-, en un estudio realizado en el año 2005. Comprobaron que los niveles de omega-3 -EPA y DHA- eran más bajos que en las personas no enfermas. Asimismo observaron, que el balance omega-6/3 era claramente negativo, ya que los niveles de omega-6 estaban aumentados, así como los niveles de ácido araquidónico  y de ácidos grasos saturados. Estos hallazgos se correlacionaron con la severidad del CFS, y con una insuficiente activación de las células T. Los investigadores sugirieron que estos enfermos pueden responder favorablemente al tratamiento con omega-3.

       Por su parte, el hospital de Hammersmith, en Londres (161), ha ido desarrollando las técnicas de resonancia magnética, para verificar los cambios cerebrales que se producen como consecuencia de la intervención de los Omega-3  en este tipo de trastornos.